El silencio de los inocentes

Como muchas familias foráneas, los González Pinto llegamos a Querétaro a finales de los setenta. Cuando yo era pequeño, vivíamos en Chihuahua, la tierra de mi padre, un ingeniero agrónomo que hoy, a sus 81 años se enorgullece, con mi madre y quienes somos sus hijos, de nuestro estatus como queretanos adoptivos.

Cuando cumplí los siete, abandonamos la capital chihuahuense para probar suerte en Tamaulipas, en donde residimos por más de una década, para luego dirigirnos aquí. Somos, pues, una familia de inmigrantes que hemos echado raíces en esta bendita ciudad del Bajío.

Si bien tuvimos la fortuna de no padecer las penurias de miles y miles de paisanos que se ven forzados a dejar su lugar de origen para “probar fortuna”en “el gabacho”, sabemos lo que significa dejar atrás familiares y amigos para reinventarse en un lugar distinto, lejos de la tierra natal.

Traigo esto a colación por la pesadilla que viven millones de nuestros hermanos, residentes en los Estados Unidos, ante la posibilidad de ser expulsados de manera ignominiosa de un país que, cuando le convino, ventajosamente se benefició de su laboriosidad, dedicación y esfuerzo.

Muchos, por desgracia, están siendo ya víctimas de redadas. Para muestra basta un botón: Hace unos días, en Los Angeles, Rómulo Avelica González acababa de dejar a su hija de 12 años en la escuela cuando dos vehículos negros rodearon su automóvil, en el que viajaba con su esposa y Fátima, otra de sus hijas.

De los coches bajaron varios sujetos con chalecos que decían “POLICÍA” y lo detuvieron. El hecho trascendió solo porque Fátima tuvo el valor de grabar con su celular, entre sollozos, el arresto de su padre, quien habrá de ser deportado a nuestro país en los próximos días.

Otra de sus hijas, expresó: “Nunca hubiera pensado que atravesaríamos por algo así; es una sensación horrible ver cómo se destruye tu familia”. Y una más dijo así: “Mi padre no es un criminal. Trabaja duro, se levanta temprano por las mañanas, lleva a mis hermanitas a la escuela y a veces ni duerme”.

Zygman Bauman, el brillante filósofo polaco fallecido en enero pasado, fue un decidido defensor de los inmigrantes. En una entrevista concedida en 2016 al New York Times, declaró: “Obligados a depender para su supervivencia de aquellos a cuyas puertas tocan, los refugiados han sido de alguna manera arrojados de la esfera de la humanidad”.

Esto lo pude palpar cuando viví en Matamoros. Era común enterarse, semana a semana, del ahogamiento de algún paisano al intentar cruzar a nado el río Bravo para dirigirse a la nación vecina. ¿Qué había orillado a estos desdichados hombres a una medida tan desesperada? Parafraseando a la poetisa somalí Warsan Shire, lo diría de esta manera: “Nadie se lanza a las aguas de un río sin la ilusión de que la vida que del otro lado le espera no podría ser peor de la que tiene”.

Bauman planteó en crudos términos la insondable paradoja del inmigrante como la de “alguien que transita de un lugar en el que su presencia no es tolerada a otro en el que su llegada es indeseable y rechazada”. Se convierte así en el anónimo mártir de un mundo indiferente que le da la espalda.

¿Albergaba algún optimismo el pensador polaco a sus 91 años? “No creo que exista un atajo para el problema actual de los refugiados – estimaba –; la humanidad está en crisis y no hay otra salida a esa crisis que la solidaridad de los seres humanos. El primer obstáculo es la negación al diálogo, ese silencio que acompaña a la auto-alienación, la indiferencia, la desatención y el caso omiso”.

Los migrantes, cualquiera que sea su identidad y origen, no son criminales; son seres admirables que legítimamente aspiran a una mejor calidad de vida y que no vacilan en dejar atrás el terruño que los vio nacer, para preservar su dignidad y consagrar sus derechos. Lo menos que podríamos hacer por estos valientes hermanos es manifestarles, con puntuales acciones, nuestra solidaridad y apoyo.