La dicha inicua de perder el tiempo

El tiempo es un ente caprichoso. A veces transcurre tan lentamente que queremos “matarlo” y en ocasiones pasa tan rápido que se nos va como agua de las manos. Es también el amo de las paradojas: si de verdad es tan subjetivo, ¿por qué habríamos de empeñarnos en medirlo con la mayor precisión con esos artilugios llamados relojes? Obvio, me diría algún hombre o mujer de negocios, porque no podemos darnos el lujo de desperdiciarlo: Time is money.

Michael Flaherty, un profesor de sociología, ha lidiado buena parte de su vida con esta paradoja. En un ensayo publicado en la revista en línea The Conversation apunta: “La variación en la manera en que percibimos el paso del tiempo ha sido el punto focal de mis investigaciones durante 30 años”.

Confesión ante la que podríamos acotar, no sin cierto dejo de maldad, ¡pero qué manera de perder el tiempo!

La verdad es que este hombre de ciencia no anda nada perdido. Hace más de un siglo ese genio teutón llamado Einstein se refirió a la dilatación gravitacional del tiempo. Concepto que, en términos sencillos, postula que el tiempo transcurre rápida o lentamente dependiendo de la situación particular del observador.

Digamos que Rebeca viaja en un tren de alta velocidad y Eugenio, al lado de las vías, ve pasar ese tren. Para él, seguramente el tren semejará una bala. En cambio, ella sentirá que apenas se mueve.

Y para constatar que el arte no está reñido con la ciencia, escuchemos a Henry Van Dyke, un escritor del siglo XIX: “El tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan; demasiado rápido para aquellos que temen; demasiado largo para los que lloran una pérdida y demasiado corto para quienes se regocijan. Pero, para aquellos que aman, el tiempo es la eternidad”.

Flaherty, el investigador antes citado, ha recogido el testimonio de cientos de personas sobre su percepción del paso del tiempo. Dividió en seis los tipos de historias en las que los relatores se refieren a situaciones en las que sintieron que el tiempo se movía lentamente.

La primera categoría es cuando se experimenta un intenso placer (digamos, sexual) o sufrimiento (dolor insoportable). La segunda es cuando se vive una situación violenta y/o de peligro (numerosos soldados reportan que, en el fragor de una batalla, el tiempo parece transcurrir en cámara lenta). La tercera es la más común de todas: ese tormento psicológico llamado aburrición o cuando esperamos a alguien. En la cuarta, el tiempo parece detenerse en aquellos que experimentan un estado alterado de conciencia (alguien sometido a los influjos de una droga psicodélica como el LSD o a la mescalina del peyote).

En quinto término, los estados de meditación o concentración intensa (un atleta, por ejemplo, puede sentir que el tiempo pasa con lentitud cuando corre a gran velocidad). En el sexto lugar se encuentran las situaciones sorpresivas o novedosas (toparse de súbito con una araña o subirse a un globo aerostático).

Para finalizar, mucho deseo que el lector/lectora haya, en palabras de Renato Leduc, disfrutado “la dicha inicua de perder el tiempo” con estas fugaces cavilaciones de entrada por salida.