Este juego al que llamamos vida

“Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo”.

En ‘ El grafógrafo’ , Salvador Elizondo hace uso de su pródiga imaginación –y un exquisito dominio del lenguaje– para obsequiarnos con 24 variaciones del verbo escribir en todos los tamaños, colores y sabores.

Descubrí a los 18 años esta peculiar gema de la literatura mexicana. Para ello me remonto al Monterrey de los años setenta. Regreso, en la memoria, al tercer piso de la biblioteca del Tec, mi refugio entre clase y clase. Como el nerd que nunca he dejado de ser, en este lugar impasible encuentro solaz entre los sustantivos, verbos y adjetivos de la página impresa. Tomo un libro del estante y empiezo a leer: “Escribo. Escribo que escribo…” Una enorme emoción, producto de los influjos de la extraña pócima que sostengo en mis manos, me embarga y refrendo mi compromiso con la imaginación, esa delgada línea entre ficción y realidad.

Se nos ha enseñado a no confundir lo real con lo imaginario si hemos de conservar la cordura. Miguel de Cervantes nos advirtió hace 400 años, a través de los devaneos de Don Quijote, de los riesgos de tomar molinos de viento por gigantes: “Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino”.

Sin embargo, en ‘ El grafógrafo’ se vuelve evidente que separar lo real de lo imaginario es tarea poco menos que imposible. Si no, respóndeme lector/lectora: ¿Cuando conversas contigo mismo, esas conversaciones que tienes en tu mente son reales o no? ¿Conversas o te imaginas que conversas?

El escritor Daniel Sada apunta acertadamente al respecto: “Para Salvador Elizondo toda invención tendrá que recaer en sueños y fantasías, y el sueño será entendido no solo como producto final emanado de, la psique, sino como una visión del mundo y de la escritura”.

Elizondo juega con abandono al acertijo de la vida. Y yo soy de la convicción de que nosotros deberíamos hacerlo también. Swami Muktananda, legendario
iniciador del Siddha Yoga, tituló su autobiografía ‘ El juego de la conciencia’ . Era su manera de decirnos que la vida, y todo aquello que existe, es un juego que bien vale la pena jugar. No en balde se afirma, con exquisita ironía, que Dios debe tener un increíble sentido del humor si nos creó a nosotros.

Salvador Elizondo, fallecido en 2006, recibió un homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes. Él y Octavio Paz son los únicos escritores a quienes se les ha concedido tal distinción.