Adiós a la verdad (segunda parte de dos)

Como apuntaba aquí la semana pasada, en ‘ Adiós a la Verdad’ el filósofo italiano Gianni Vattimo nos insta a denunciar verdades sectarias como ésta, que ciegan el entendimiento: “Si te apartas de la Verdad Suprema, arderás por la eternidad en el infierno”.

En este sentido, el teólogo irlandés Pádraig O’ Tuama define al sectarianismo como “unsentido de pertenencia fallido”. Así pues, un extremista islámico considerará su deber combatir e incluso aniquilar a los ‘ infieles’ . Es el caso del jeque Abdulá Azzam, a quien se le atribuye este ominoso dictado: “Quien se niegue a rezar será considerado un infiel y lasharía (ley islámica) nos ordena matar a esta persona”.

Inclusive la verdad científica, que en teoría debería ser imparcial y objetiva, resulta también doctrinaria. A decir de Thomas Kuhn, los científicos son seguidores de paradigmas del conocimiento opuestos entre sí; lo que para unos es verdadero, para otros es una engañosa mentira. O, para decirlo en palabras de este célebre filósofo de la ciencia: “Las respuestas que obtengas dependerán de las preguntas que te hagas”.

Regresando a Vattimo, sería un error colocar la verdad en un nicho inalcanzable. A cambio, propone bajarla de su pedestal y construir las verdades por medio del diálogo y el consenso.

Dicho de otra manera, si quieres llegar a la verdad contribuye con tu granito de arena. El resultado último habrá de llevarnos, en términos de Vattimo, a “una sociedad más verdadera y por lo tanto más libre, democrática y amigable”.

¿Cuáles son los enemigos de la verdad? El primero y más grave son los autoritarismos, a los que el intelectual italiano denuncia por “imponernos comportamientos que no compartimos, en nombre de alguna ley de la naturaleza, esencia del hombre, tradición intocable o revelación divina”.

El segundo enemigo es la ‘ posverdad’ , como ahora se da en llamar a aquella mentira que es disfrazada de verdad. Sabemos, por ejemplo, que un número cada vez mayor de padres de familia se oponen a la aplicación de vacunas a sus hijos, basados en la falsa premisa de que los efectos secundarios de las mismas son más dañinos que las enfermedades que previenen.

Los poseedores de semejante posverdad (“acabemos con las vacunas”) pasan por alto la abundante evidencia científica en su contra solo porque ésta no se amolda a sus retrógrados esquemas. Y es que cuando se arroja a la verdad por la ventana, la creencia falsa se cuela por la puerta.

Donald Trump, funesto amo y señor de la posverdad, acostumbra repetir las mentiras hasta hacerlas pasar por verdades, al menos entre sus lerdos incondicionales. O, como diría don Miguel Ruiz, autor de Los Cuatro Acuerdos, “las mentiras en las que creemos se convierten en verdades”.

Vattimo nos invita pues a decirle adiós a la verdad impuesta y a abrirle los brazos a la surgida del diálogo comunitario. “La verdad que nos hace libres –apunta el pensador con acierto- es verdadera porque nos hace libres; si no nos hace libres, debe ser descartada”.