Sillas de ruedas, sin ruedas

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Si yo les dijera que un 10 porciento de la población en México es invisible y que a este grupo ‘fantasma’ se suman más de un cuarto de millón de personas cada año, ¿me creerían? Difícil de imaginar; sin embargo, un gran número de mexicanos pareciera que no existen al no ser vistos transitando por las calles porque –literalmente- no lo pueden hacer.

Viven, o sobreviven, encerrados en sus casas la mayor parte de su vida, con el consiguiente sentimiento de vergüenza, abandono y hasta culpa por alterar, con su discapacidad, la vida familiar. Y esos pocos que casualmente si pasan frente a nosotros, son héroes que rompen las barreras infranqueables de la desconsideración para adentrarse valientemente y con grandes riesgos en un mundo ciego a sus limitaciones.

Las personas con discapacitación son, para la sociedad mexicana, un asunto ajeno aún. Y es precisamente esta falta de solidaridad y empatía lo que hace a la discapacidad un hecho social, no individual.

Su condición es vista como un asunto con el que tienen que lidiar solamente las familias a las que pertenecen, como si el involucrarnos nos dejara expuestos a ‘contraer el mal’. Se nos olvida que nacer con alguna deficiencia, limitación o restricción física o mental no es la única manera de entrar en la discapacidad, sino que en un accidente o en la enfermedad, podríamos pasar –en cualquier momento- del ‘otro lado’, para darnos cuenta de lo triste que es vivir en exclusión social.

Hablar de leyes que los cobijen es igualmente frustrante. La Ley de las Personas con Discapacidad fue renovada –apenas- en mayo del 2011. Pero, como muchas otras leyes, esta tiene cuerpo, pero no tiene ‘patitas’. Contempla todos los ámbitos relacionados a la incapacidad –educación, trabajo, transporte, accesos y tránsito-, siendo su aplicación sumamente inefectiva porque no plantea cómo lograr que lo que dispone se cumpla. ¡Viva México!

La adecuación de entornos, la implementación de dispositivos y las oportunidades educativas y laborales se quedan en simples conceptos que requerirían de la concientización basada en la información para hacerse realidad. Pero como no cuidamos lo que no conocemos, hoy las personas están discapacitadas más por la sociedad que por sus cuerpos o mentes.

Si estuviéramos conscientes del impacto que cada individuo –aunque jamás lleguemos a conocerlo- tiene en nuestro entorno, en nuestra vida y en nuestra economía, estaríamos más involucrados en ayudar a las personas con discapacidad a insertarse en una sociedad productiva, ya que su principal medio de integración –y a veces el único- es el mercado de trabajo.

Ante la debilidad de la protección gubernamental, es la fuerza de una sociedad la que podría proveer a este grupo vulnerado y vulnerable de oportunidades que se traduzcan en un mejor nivel de vida para ellos y sus familias. Es momento ya de verlos: las personas con discapacidad no esperan nuestra compasión, pero si nuestra colaboración y, ¿por qué no?, de vez en cuando una mano amable que los ayude a cruzar la calle para que sepan que, aunque el camino tiene baches, acompañados siempre será más fácil.