El ocaso de la globalización

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Debo confesar que me cuento entre aquellos que, en su momento, vimos la globalización como algo positivo. La apertura de fronteras, junto con las nuevas tecnologías de comunicación, razonábamos muchos, nos permitiría acceder a productos y bienes culturales antes vedados, lo cual enriquecería la diversidad cultural en formas insospechadas.

Y esto sucedió, sin duda. Mientras escribo estas líneas, escucho –por ejemplo– a Taraf de Haïdokus, un grupo de músicos rumanos de la tradición gitana. Ante lo cual, un joven milennial, de esos que acostumbran escuchar música de todos los rincones del mundo a través de Spotify, quizás me diría: “¿Y de qué te sorprendes? ¡Es algo de lo más normal!

”Tal resulte normal ahora, cierto, pero quienes venimos de la era pre-globalizadora difícilmente hubiésemos tenido acceso a ese tipo de música antes. Primero, porque teníamos que recurrir a discos importados, a precios exorbitantes y, segundo, porque el menú de posibilidades a nuestra disposición era increíblemente limitado.

Sin dejar de reconocer las obvias ventajas del libre flujo de mercancías, ahora formo parte del bando de aquellos que ven con recelo a los ardientes defensores de la globalización. Para empezar, los trabajadores de países como el nuestro son los primeros que han tenido que pagar el precio del ‘ progreso’ , por la manera impune en la que son explotados.

Cierto, las compañías trasnacionales han abierto plantas industriales a lo largo y ancho del mundo, generando nuevos empleos. Pero las percepciones que reciben los trabajadores son poco menos que miserables. Conversando en una ocasión con el gerente de una maquiladora de ropa en Pénjamo, Guanajuato, le pregunté qué prestaciones tenían sus empleados. ¿Vales de despensa, tal vez? El gerente me respondió con evidente fastidio: “Nada de vales, les damos las prestaciones de ley y nada más. Sin embargo, toma en cuenta que, si no fuera por nosotros, estas personas que ves estarían desempleadas”.

Entre las víctimas de la globalización se cuentan también aquellos trabajadores del ‘ primer mundo’ que se quedan de patitas en la calle cada vez que una planta es cerrada allá para traerla a Latinoamérica o reubicarla en Asia. Como sabemos, en Estados Unidos muchos de estos desplazados votaron por Trump, creyendo su promesa de que dichos empleos habrían de regresar (es fecha que todavía están esperando).

Es evidente el cinismo del presidente estadounidense, pues él y su familia han sacado amplio provecho de los virtuales esclavos tercermundistas que manufacturan sus productos. Tan solo Ivanka, actual vicepresidenta ejecutiva del consorcio familiar, posee una fortuna estimada en los 300 millones de dólares, proveniente de su línea de joyería y sus marcas de ropa. Tampoco es de extrañar que la hija del presidente haya sido denunciada en China e Indonesia por grupos defensores de los derechos humanos.

Nikil Saval, quien aborda el tema del desencanto con la globalización en el diario The Guardian, estima que el futuro de ésta se encuentra en la encrucijada, y que incluso tal
vez esté llegando a su ocaso. Si fuese así, resulta aún difícil imaginar lo que vendría después.