Niñas de panzas abultadas

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“¿Cómo puede haberme pasado a mí cuando jamás pensé que a la “primera” sucediera y nadie me advirtió lo contrario? Me siento extraña. Desde que me acuerdo, he querido ser respetada, como se respeta a quien cuida a alguien más; sin embargo, no estoy feliz. Creo que a mis 14 años estoy caminando hacia una prisión que me limitará de por vida sin haber cometido ningún crimen. ¡Y yo que tenía tantos planes para mi futuro! Me veía estudiando algo que me gustara mucho y en lo que fuera buena; me veía libre como libre quise ser cuando tomé la decisión de explorar mi sexualidad por primera vez. Mi cuerpo de niña, el cual apenas comienzo a reconocer desde los cambios que lo transforman cada día, ahora tomará una forma distinta a la que debiera porque hoy alberga a alguien que yo no invité…”.
Asumir responsabilidades en momentos inadecuados siempre será problemático, en cualquier etapa de la vida, pero hacerlo cuando de niña te encuentras en la conformación de tu futura identidad, es gravísimo. Truncar el proceso de construcción del concepto de ti misma para dar paso al ¿quién soy ahora: niña-madre o madre de una niña?, es cortar de tajo un proceso evolutivo necesarísimo. Las adolescentes que se embarazan y dejan a un lado sueños y anhelos naturales de autonomía y desarrollo son las madres del mañana de una generación de mexicanos educados desde la frustración de un camino transitado a destiempo. Serán, además, víctimas de un sistema que en su idiosincrasia no contempla que la maternidad solo es para la mujer que así lo planea porque deriva de un proyecto de vida desde el discernimiento claro de sus implicaciones y responsabilidades.
En un país como México y en otros tantos, la edad a la que se tiene el primer hijo tiene una relación estrechísima con la desinformación, la falta de identificación intergeneracional y, sobre todo, el nivel educativo. Y, sin consideramos que casi 70 mil adolescentes se embarazan al año en nuestro país en comparación con 7 mil en Alemania, tendríamos que reflexionar acerca de lo que estamos haciendo mal. Y en la “feminización de la pobreza”, Oaxaca, Guerrero y Chiapas encabezan la lista de estados con más niñas embarazadas, lo cual no es sorprendente en absoluto.
Lo que sí es curioso es que en una época en la que la apertura de la comunicación acerca de los diferentes métodos anticonceptivos es mayor que nunca, el embarazo en las niñas vaya en aumento. ¿Será que no es lo mismo llenarles los cajones de condones a acompañarlas en la comprensión de la acción que llevaría a su uso? Porque hablarles a las adolescentes acerca de su sexualidad implica involucrarse en un proceso de comunicación amplio sobre, no solo satisfactores o miedos, sino emociones que las transformarán inevitablemente. Y, en una sociedad sana e involucrada, el proceso tendría que ser prolongado, sostenido e integral en el cual se involucre a maestros bien documentados, padres sin prejuicios con sentido común e información mediática que complemente lo anterior y no deforme sus mentes, como hasta ahorita, con estereotipos nefastos de mujeres “trofeo” justo cuando están en la búsqueda de figuras de identificación y con ganas de experimentarlo todo. Tendríamos que enseñarles ese punto medio entre ser libres en el uso de su cuerpo y la conciencia de respetarse por lo que son y lo que podrían ser en un futuro.