Mi abuelo, el socialista

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Orgullosamente, estudié la secundaria y la preparatoria en escuelas federales.
Durante años, permaneció pegado en mi recámara un póster del Che Guevara, en el que figuraba este pensamiento, que desde entonces grabo en mi memoria: “Sé capaz de luchar contra cualquier injusticia contra cualquiera, en cualquier lugar del mundo”.
Estando en prepa, dirigí el Club Social y Cultural Salvador Allende, una organización estudiantil independiente nombrada en honor del presidente socialista asesinado por órdenes del traidor Augusto Pinochet, en el Chile de los años setenta.
Además del Che Guevara y el propio Allende, mi abuelo materno, Juan Manuel Pinto, siempre ha sido uno de mis máximos héroes. ‘Papá Manuel’, como cariñosamente le llamábamos, en su juventud fue un fiel militante socialista.
Formó parte del grupo de Vicente Lombardo Toledano, un legendario líder de izquierda que contendió por la presidencia de México en 1952, año en que Adolfo Ruiz Cortines ganó las elecciones.
Siempre fue un apasionado defensor de la clase obrera. Por ello a nadie extrañó que, al ser nombrado presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje de Ciudad Juárez, abogara por los derechos de los trabajadores. Como respuesta, los empresarios lo acusaron de comunista y maniobraron para poner en su lugar a alguien a su modo.
En Torreón, Coahuila, donde residió el resto de su vida, prosiguió su defensa de los trabajadores. No enarbolaba ya la bandera del socialismo, al cual había dejado de idealizar. Actuaba ahora en congruencia con su propio sentido de conciencia.
Grupos poderosos, sintiéndose agraviados, le pusieron precio a su cabeza. Un día, un hombre llegó y, sin más, le soltó un balazo. Papá Manuel, quien tenía a la Divina Providencia de su lado, salvó la vida solo porque la bala impactó en la hebilla de su cinturón. No habiéndose percatado del milagro, el agresor se alejó pensando que había cumplido con su siniestro cometido.
Imperturbable, Papá Manuel no cejó en sus empeños y continuó asesorando a los trabajadores hasta el fin de sus días. La puerta de su despacho, lo recuerdo muy bien, ostentaba la leyenda “Juan Manuel Pinto, Asuntos Obrero-Patronales”.
En 1973, estando yo aún en prepa, don Eugenio Garza Sada, fundador del ITESM, fue cobardemente asesinado por la Liga Comunista 23 de Septiembre, en un fallido intento de secuestro. La tragedia de este hombre visionario me abrió los ojos a la realidad y mi fascinación por la izquierda llegó a un súbito fin.
Al terminar la prepa, mi padre me instó a inscribirme en el Tecnológico de Monterrey, cosa que hice. Siempre le estaré agradecido, ya que desde su fundación el Tec se ha sostenido como una institución educativa señera en México y Latinoamérica. Desde 1975 he formado parte de la misma, de una manera u otra, y puedo decir con satisfacción que sigo impartiendo cátedra ahí.
Sin desdeñar el valioso legado de mi abuelo, he aprendido que ni el capitalismo es necesariamente voraz ni el socialismo es necesariamente benigno; lo importante es quién es la persona y las acciones que la caracterizan.