El género semi invisible

0
354

Mucho se hace y mucho falta por hacer, es un hecho; cuando hablamos de derechos y obligaciones para con la mujer en México, nunca nada será suficiente. Sin embargo, una acción no debiera excluir a otra y los hombres en nuestro país han sido desatendidos en numerosos ámbitos de su existencia por la sociedad y por las instituciones gubernamentales. Tomemos como ejemplo una gran iniciativa, el Día del Cáncer de Mama junto con todo el aparato de comunicación que lo acompaña. Triste es–en comparación- constatar los nulos esfuerzos de difusión y prevención acerca de otra gran problemática en nuestro país como es el cáncer de próstata, el mayor enemigo en cuanto a salud para los hombres y la primer causa de mortalidad por tumores malignos.

Son muchas las brechas que impiden que esta enfermedad sea tratada a tiempo tales como las deficiencias en recursos materiales y humanos en el sector salud; sin embargo, las más lamentables son las que derivan de factores individuales que limitan al sexo masculino en la búsqueda de atención a tiempo. Y ¿por qué se tardan o simplemente no van al médico? Pena, desconocimiento y -lo más grave- una sociedad que en su intento por proteger a la mujer, ha dejado de ver la vulnerabilidad de sus hombres. Para muestra un botón: hospitales del niño y la mujer, muchos; hospitales exclusivos para el hombre, ninguno.

De tantos horrores conocidos contra la mujer, hemos caído en una perspectiva parcial de género que sitúa a las mujeres como los únicos elementos de la comunidad dignos de una atención especializada. Aún más grave, como víctimas siempre y a los hombres como victimarios. Y esto aplica –también- a la violencia intrafamiliar en la que no siempre existe un solo agresor, ya que en algunos hogares mexicanos existe -silencioso e invisible- cierto grado de agresión física y psicológica contra el hombre, con un ascenso en los últimos años en las estadísticas de ocurrencia de este fenómeno.

Pero el varón no denuncia casi nunca porque se ve limitado por elementos socioculturales que le impiden dar un paso adelante para defender su integridad. El compartirlo con otros hombres no es una opción viable por temor a ser motivo de burla en vez de comprensión y ayuda. Además, no existe una institución exclusiva para que ellos sean atendidos en esta problemática.

Muchas pueden ser las causas para que el hombre se vea transgredido en su integridad física o mental: ganar menos que la esposa, salir con los amigos sin su pareja, ingresar menos dinero de lo que se le exige, celos irracionales, etc. Al fin y al cabo, las razones para violentar a un individuo, sea mujer o hombre, no son muy distintas en ambos casos.

Y si hablamos de violencia no explícita, pero igualmente nociva, mucho podríamos argumentar acerca de la indefensión en la que se encuentran muchos padres de familia que no viven con sus hijos debido a la separación o divorcio de su anterior pareja. Este síndrome en el que la madre, resentida o con sed de venganza, transforma la conciencia de sus hijos mediante manipulación premeditada con el objeto de destruir el vínculo entre el papá semi ausente y sus pequeños. Este síndrome llamado Alienación Parental -sufrido en un 80 por ciento más por hombres que por mujeres- los desvaloriza a los ojos de sus hijos, eliminándolos física y emocionalmente de todo contacto con el contexto familiar que algún día crearon.

Está claro, la violencia u omisión nace de todos los géneros hacia todos los géneros. Como sociedad responsable debemos mirarnos unos a otros para plantear estrategias inclusivas, porque la igualdad de derechos de mujeres y hombres no puede ser un tema de una sola parte sino un objetivo ineludible de la democracia verdadera. Esa que nos hace iguales por el simple hecho de ser personas dignas de respeto y atención. Porque, sexo aparte, mexicanos somos todos.