Así celebramos a nuestros fieles difuntos

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Así celebramos a nuestros fieles difuntos Los fieles difuntos vienen hoy a visitarnos del lejano Mictlán, su nueva morada. De acuerdo con Sonia Iglesias Cabrera, autora del libro ‘Cuando los abuelos regresan’, los antiguos mexicanos no tenían un día de los muertos como tal. Celebraban, en cambio, cinco festividades relacionadas con la muerte. Una de ellas incluía el Huauhquiltamalqueliztli, un festejo en el que ofrendaban tamales a sus parientes finados; sobre la sepultura les dejaban su tamal.

En un texto escrito en 1897, Victoriano Agüeros describe las ofrendas de día de muertos en el cementerio de su pueblo. Sobre el sepulcro se colocaba un paño de fino algodón, para semejar una mesa cuidadosamente preparada. Sobre ésta se depositaban: “Tarros de almíbar, tazas de miel de panales silvestres, panecillos de maíz tierno azucarados y perfumados con canela, flores, conservas, vasos de agua bendita y cuanto de más fino puede fabricar en su casa la madre de familia”.

Como es sabido, los altares de muertos constan de varios niveles. Los de dos, puntualiza Iglesias Cabrera, simbolizan la dualidad entre la vida y la muerte; los de tres, representan a la Santísima Trinidad; los de cuatro, a la cruz cristiana, y los de cinco, las sucesivas metamorfosis de Quetzalcóatl. Como se verá, el sincretismo religioso resulta más que admirable.

Las tradiciones varían según la región. En Tolimán, para recibir al espíritu del finado se coloca un altar de dos niveles cubierto con tela negra, sobre el que se ofrendan frutas, calabaza, camote cocido, pan de muerto, pulque, agua, cerveza y aguardiente. Como en otros tantos lugares, el cempasúchil (en náhuatl, cempoalxóchitl), con su fuerte aroma dirige la llegada de los difuntos, y con sus pétalos se forma un camino para guiarlos.

Los nahuas de Zongolica, Veracruz, colocan una cruz adornada en el patio de la casa. A los niños no se les permite jugar frente al altar para no molestar a los difuntos, quienes se encuentran comiendo. Los tzetzales, por su parte, colocan en el centro de la casa una mesa cubierta con un mantel blanco, sobre el que se depositan tamales de frijoles, carne ahumada, chilacayotes, atole agrio, posh (aguardiente elaborado con maíz y caña de azúcar), velas rojas, una cruz blanca y cempasúchil.

En sus fiestas funerarias, los rarámuris convidan al ser querido que partió con pinole, maíz y tesgüino (una bebida de maíz fermentado), mientras que los nahuas de Morelos colocan en sus altares pollo con mole verde, elaborado con gallinas del corral, pues de no ser así las ánimas lo rechazarían.

En Mixquic, se coloca un petate con los implementos de trabajo que usó el difunto en vida, así como un cambio de ropa. En un itacate se deposita una olla de arroz con mole, pan y bebidas, para que recupere las fuerzas en su regreso a Mictlán.

Los zapotecos de Mitla, Oaxaca, encomiendan a sus ancianos la tarea de acudir al panteón para invitar a los muertitos a visitar la casa en la que solían vivir. A su llegada, son generosamente recibidos con cigarros y mezcal.

Finalmente, en Zitala, Guerrero, un grupo musical interpreta melodías tristes desde lo alto de la torre de la iglesia; llegada la noche, van tocando de casa en casa para darle el adiós a los ancestros que volvieron.

¡Benditas tradiciones!