El miedo no anda en burro

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No hay nada que sea más lamentable para una nación que se fragmente su sentido de comunidad. Esa sinergia creativa y productiva que funciona como combustible para el desarrollo de cualquier país y que nace a partir de la colaboración, la certeza y la libertad. Pero, ¿qué sucede cuando, a partir de tantos hechos delictivos –o la información de estos hechos- se rebasan los límites de contención psicológica de una sociedad, alterando la vida cotidiana de las personas?
Esto es lo que provoca el miedo, porque cuando una persona se siente incapaz de controlar una situación y siente vulnerados su patrimonio, su familia o su integridad, se vuelve desconfiada y poco colaborativa. Y más aún, cuando no hay indicios de mejora a corto plazo, los seres humanos tienden a paralizarse en una actitud defensiva de arrinconamiento que les impide interactuar, ser felices y disfrutar la vida plenamente.
El miedo a la inseguridad puede convertirse en un problema más severo que la delincuencia misma, ya que la percepción del riesgo provoca aislamiento y necesidad de ver solamente por la propia seguridad. Y -lo más preocupante- cuando el miedo se apodera de las personas, les quita, día con día, un cacho de libertad. En México, como ejemplo, el incremento de la criminalidad, cualquiera que sea su origen, ha provocado que en varias entidades del país más de la mitad de las personas adultas hayan dejado de salir de noche por miedo a ser víctimas de un delito. Grave asunto si consideramos que, de prolongarse esta situación, podríamos quedar inmersos en una cultura de la violencia en la cual comencemos a considerar normal lo patológico, lo inmoral y lo amenazante.
Y ¿qué podemos hacer con esta sensación de vulnerabilidad que se instala cada día más en nuestra médula social y que nos hace sentirnos extraños en nuestro propio territorio? ¿Cómo tomar valor para salir a caminar, salir de noche o viajar por carretera?
Opinan los expertos que el miedo hay que naturalizarlo, es decir, aceptarlo como un mecanismo de defensa que está tallado en nuestro ADN y que solo hay que regularlo para evitar caer en la parálisis. Cierto es que la seguridad al 100 por ciento no es real en ningún lugar del mundo y en ninguna época de la historia de la humanidad por lo que, partiendo de esta base, podríamos tomar el control de aquello en lo que sí podemos incidir sin dejar de participar e interactuar como ciudadanos, porque la indiferencia fortalece –aún más- al crimen del cual huimos. Deberemos vivir en un estado sano de alerta, pero basándonos en el disfrute, no en la desconfianza o en la paranoia, y cambiar nuestros satisfactores por otros que no nos pongan en riesgo para dejar de sentirnos atrapados en una situación viciada y sin solución. Dejar, tal vez, de centrar nuestra certeza emocional en una sola fuente -señales o promesas externas- para así recuperar la fe en un mañana mejor.
Porque sobrevivir aterrados no es vivir y entre más seamos los que le hagamos frente al ‘bravucón’, menor será su fuerza. Al fin y al cabo, una calle llena siempre será más segura que en un callejón vacío, ¿no creen?