El bien común tan poco común

0
60

Los seres humanos nos definimos como personas a partir de nuestros pares. Así, la sociedad se forma como algo exigido por nuestra naturaleza gremial y bajo el libre consentimiento de que juntos somos mejores. No podemos crecer como especie sin nuestros semejantes y, como nos necesitamos para trascender como especie, el objetivo máximo de formar comunidades y crear sociedades es –en teoría- el bien común.
Pero, ¿qué creen? Algo tan simple de entender como lo anterior se vuelve complejo y oscuro porque como ‘la joya de la naturaleza’ hemos olvidado que el bien del cuerpo social exige e implica el reconocimiento de los derechos fundamentales de las otras personas para, por consecuencia, ser respetados en los propios. Conforme hemos evolucionado como especie, hemos desaprendido aquello que hace noble a la naturaleza por encima de nosotros: el tomar de otras especies lo que se necesita para subsistir y no desear tener cada vez más. ¡Gran diferencia y la única forma de evitar la muerte del bien común!
Los seres humanos hemos desarrollado la detestable ‘habilidad’ para acomodar los principios éticos que garantizan la sana convivencia entre nosotros, de modo que obtener se ha convertido en mucho más importante que ser. Vamos, poco a poquito, desgarrando el concepto de sociabilidad al privilegiar el bienestar individual por sobre el de nuestros semejantes para luego preguntarnos el porqué somos despojados por quienes hemos elegido como líderes de nuestras comunidades.
Pero la respuesta es muy sencilla: porque hemos divorciado a la moral privada dela moral pública y, como vamos transitando en un sistema de mundo individualista, toleramos la mentira y permitimos lo imposible porque así nos conviene para no ser molestados en nuestra gran carrera hacia adquirir más y más cada vez.
Como resultado tenemos y seguiremos teniendo al frente de nuestras comunidades y “velando por el bien común” -Dios nos agarre confesados- a personajes sin visión política y social del futuro, que solo ven por su propio bien y que, al fin y al cabo, solo reflejan la pobreza de pensamiento de las sociedades a quienes debieran servir. No son ellos los “podridos” como pretendemos hacerlos ver, sino fieles representantes de pueblos enteros que tienen las mismas ideas lamentables que ellos proponen. Bien dice Juan Jacobo Rousseau que “el aliento del hombre es mortal para el hombre…”
Decir que cada país tiene el destino que se merece está por demás. Es algo que ya tendríamos que haber asumido porque lo estamos viviendo en México y en el mundo entero. Y, difícil -muy difícil- pensar que seremos pronto merecedores de un futuro mejor si no empezamos a ver los vicios en los que nos hemos sumido como parte de una serie de conductas relacionadas a la cultura que practicamos, en acción o en omisión. Da igual.