El liberador poder del perdón

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¿Podrías traer a la mente alguna situación en la que te hayas sentido lastimado u ofendido por alguien a quien aún no has perdonado?
Esta pregunta le fue planteada a más de un centenar de personas por Debra Rapsake y otras psicólogas de la Universidad de Calgary, Canadá.
Las respuestas obtenidas por estas investigadoras nos dan una aproximación a los confines del resentimiento humano. En promedio, estos individuos recordaron situaciones ocurridas cuatro años atrás, de las cuales tenían vívidos recuerdos. Las ofensas recibidas habían sido percibidas como sumamente graves y no se mostraban del todo dispuestos a perdonar a los infractores, casi siempre amigos, parejas o parientes.
La traición fue la más mencionada de las ofensas e incluía verse con otros a escondidas, engaños, amenazas, revelar secretos a terceros y promesas rotas. La violencia, ya fuese ésta sexual o física, fue la segunda causa más mencionada.
Cuando se les preguntó por qué estaban poco dispuestos a perdonar a sus agresores, la respuesta más frecuente fue porque éstos no mostraban remordimiento alguno y actuaban como si tuvieran la razón de su lado o no hubiesen hecho nada reprobable.
Si bien el resentimiento que genera en nosotros sabernos víctimas de traiciones y abusos como los anteriores son más que comprensibles, la animadversión se transforma en un veneno que poco a poco nos va consumiendo. Al menos esto es lo que se desprende de un reporte publicado la semana pasada por el Washington Post, en el que se indica que el perdón sería la opción más liberadora en situaciones de esta naturaleza.
En dicho reporte, Jennifer Wallace refiere varios estudios que advierten sobre el peligro de alimentar deseos de revancha en contra de aquellos que se han empeñado en arruinar nuestra felicidad y bienestar. Si bien podemos sentirnos justificados de sentir rencor hacia quienes nos lastimaron, también existe un alto riesgo de quedarnos empantanados en la la auto-conmiseración: “¡Pobrecito de mí, no lo merecía!”
Las posturas son encontradas ante la complejidad del tema. Por un lado, tenemos a los ardientes defensores de la ley del Talión, quienes aconsejan cobrarse ojo por ojo y diente por diente. En un sentido opuesto, Mahatma Gandhi nos advierte: “A lo único que nos llevaría el ojo por ojo es que el mundo entero acabe ciego”.
Alejándose de los extremos, el novelista escocés Walter Scott se refiere con elocuencia a la ambivalencia moral que este dilema representa: “La venganza es el bocado más dulce jamás horneado en el infierno”.
Yo, en lo personal, me uno a la llamada a la sensatez de Gandhi, ya que las mieles de la venganza rápidamente se amargan (y de paso nos amargan).
De acuerdo con el Dr. Stephen Larocco, un experto en el tema, perdonar no es olvidar las ofensas que nos fueron proferidas, ya que el perdón no busca liberar al infractor de su responsabilidad. Su función es liberarnos del dolor, sustituyendo la narrativa de sentirnos las víctimas por una de posibilidades.
Quizás no tengamos el poder de hacer que aquel que nos lastimó repare los daños causados. Lo que sí podemos hacer es dejar de beber de su influjo malicioso. Nadie será capaz de lastimarnos si hacemos uso del poder de no sentirnos lastimados.