¿Vive la revolución?

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Una revolución es un proceso drástico de cambio con resultados imprevistos que se gesta a partir del fracaso de un sistema y de la tensión social que este genera. Es, en resumen, el último recurso de un pueblo oprimido. Y haciendo una evaluación como país de nuestro caminar desde la Revolución Mexicana hasta el día de hoy, ¿podríamos presumir de estar a la altura de nuestra historia y de aquel movimiento que valientemente retó el estatus con un gran costo económico, social y humanitario? ¿Realmente, hemos evolucionado democrática, política y socialmente, honrando a tantas vidas perdidas en esa guerra?
Es difícil pensar en una respuesta positiva cuando todo apunta a que no es así. Se nos pasaron los años -107 para ser exactos- creyendo que un solo movimiento histórico nos daría las herramientas a largo plazo para constituirnos en un país democrático y justo. También, se nos olvidó que para que una mejora se implante en la conciencia de un país entero, se requiere constantemente plantearse nuevas metas comunes, intervenir las situaciones viciadas e institucionalizar las nuevas estructuras creadas. Tendríamos que haber comprendido que la única forma de asegurar un cambio real es cuando lo colectivo trasciende a lo individual y al bienestar personal para crear sociedades sin hambre, sin desigualdad y sin violencia. Pero, nada más lejano a nuestra realidad hoy.
Tomando –tan solo- el clima de violencia en el cual vivimos, la ola de homicidios nos ha convertido en uno de los países más peligrosos del mundo. Si la tendencia continúa como hasta ahora, para el 2018 habremos superado los 400 mil muertos en 18 años.
Comparativamente, en una lucha de dos bandos durante la Revolución Mexicana, en la cual se cree que murieron entre 200 a 300 mil mexicanos en 10 años de lucha armada, nuestra guerra hoy es sin cuartel, sin rostro y de todos contra todos.
Se dice que el ser humano, en pleno siglo XXI, experimenta un franco retroceso –involución diría yo- en su concepción de cómo debiera ser la vida. En la época de la revolución la aspiración era muy simple: tres comidas al día, un techo donde dormir y una pedazo de tierra propia que permitiera a su dueño autonomía y progreso. Pero, actualmente nuestra supuesta evolución en avances científicos y tecnológicos nos hace querer cada día más y más, y nos ha metido en tal aceleración de cambios vertiginosos, que ante hechos espeluznantes o indignantes, nos mantenemos impasibles porque no terminamos de asimilar bien una nueva condición cuando ya tenemos frente a nosotros la que la sustituye. Y en ese ritmo, hemos perdido la capacidad de reacción ante la injusticia, no obstante en México existen todos los elementos que anteceden a una revolución: crisis del sistema, violencia e incapacidad para ejercer el poder en beneficio del pueblo.
Pero, por lo visto, la polarización en nuestra sociedad, generada por sucesos incomprensibles, no es razón suficiente para que se detone un cambio de mentalidad y de paradigma, cuando –a gritos- este pobre país requiere de una transformación inmediata no violenta. Necesita, urgentemente, un proceso planeado y controlado que permita que volteemos atrás con orgullo, aprendamos de los grandes procesos que hemos vivido a lo largo de nuestra historia, como fue la Revolución Mexicana, y nos descongelemos conscientes de que, antes que nosotros, hubo valientes con ideales a los que les fue suficiente contemplar la miseria de sus semejantes para decidir poner su vida en riesgo para modificarla.