El difícil arte de decir no

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“Soy Felipe Cortés. Tomé clase de periodismo con usted hace dos años. Me gustaría consultar con usted algunos aspectos que no recuerdo del todo bien sobre la redacción de una nota informativa periodística. Quedo al pendiente de su respuesta, por su atención, gracias”.
Cuando uno de mis antiguos alumnos recurre a mí en busca de ayuda, siempre estoy dispuesto a apoyarlo, así que mi primera reacción cuando recibí el correo electrónico de Felipe (no es su nombre real) fue responderle: “Desde luego, cuando gustes nos reunimos para darte una asesoría”. Sin embargo, en esos díasme encontraba sumamente atareado y no me podía dar el lujo de dedicarle tiempo.
El dilema me provocó un conflicto interno. Por un lado, me asistía el legítimo derecho de rechazar su petición. Por el otro, no me agradaba la idea de que interpretara mi negativa como una manera de darle la espalda en un momento de necesidad.
Esto fue lo que le contesté: “Hola Felipe. Como sabes, si hay algo que me apasiona es el periodismo. Sin embargo, de momento se me juntaron varios proyectos. No quiero quedarte mal, así que en la siguiente liga encontrarás el Manual de Periodismo de Carlos Marín, quien aborda de manera efectiva lo que quieres saber”.
¿Qué hubiera pasado si simplemente le hubiese dicho que no?
Carlin Fiora se dedicó a investigar el tema de por qué nos cuesta tanto trabajo decir no y publicó sus resultados en un número reciente de la revista Psychology Today.
Una de las razones es evolutiva. En tiempos prehistóricos, si un integrante de la tribu se negaba a cooperar ante una petición de ayuda, esto podría significar su sentencia de muerte, ya que la necesidad de supervivencia del grupo estaba por encima de cualquier cosa que pudiese parecer mezquina.
No obstante, los tiempos han cambiado y los expertos están de acuerdo en que decir no es una manera de cultivar la autoestima y mantener la salud mental. Lauren Zander, autora de libros sobre realización personal, comenta al respecto: cuando te atreves a decir no “te agradas más, crees más en ti y estableces un mejor control de tu diálogo interior”.
Perfecto, pero ¿cómo nos curamos del hábito de querer decirle sí a todos para no quedar mal? Aunque parezca un contrasentido, podríamos empezar por mostrar menos empatía hacia ellos. Sin restarle valor a tan noble sentimiento, la clave estriba en decidir cuándo es bueno intentar ponerme en los zapatos del otro y cuándo se impone calzarme primero los míos.
Algo que también podemos hacer es generar alternativas inmediatamente después de decir no. Traigo a colación mi proceder ante la petición de mi exalumno (“No accedo a X, pero te ofrezco Y”), ya que me permití así valorar mis prioridades sin dejar de desatender las suyas.
En situaciones en las que no resulte posible ofrecer una alternativa, será una buena idea apoyarnos en una norma o política personal. Digamos que un vecino te pide que le prestes dinero. Tú le contestarás: “Lo siento, no acostumbro prestar dinero”. Está será una mejor respuesta que “No puedo”, pues sería tanto como invitarlo a que te cuestione: “¿Y por qué no puedes?”
Si aún así te resulta difícil decir no, piensa en ti como una persona asertiva, que se respeta a sí misma y que se precia de respetar también a los demás.