La tiranía del dedo y el menos peor

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París, 1981: los mexicanos que estudiábamos junto con Enrique de la Madrid Cordero sabíamos -sin lugar a dudas- quién sería el próximo presidente de nuestro país. Acababan de ‘destapar’ a su papá y lo observábamos recorrer los pasillos de la universidad, confiriéndole ya un halo de grandeza. Muy probablemente ese resplandor no era auto infligido; más bien, éramos los jóvenes borregos, emanados de una generación alienada, quienes se lo otorgábamos –deslumbrados- a quien intuíamos lo tendría muy pronto por el simple hecho de ser parte de la familia del futuro mandatario de nuestro país.
Y así, sin cuestionamiento alguno y en la época de oro del dedazo, aceptábamos nuestro destino como algo ya escrito y decretado: “muerto el rey, viva el rey… y su séquito”. Raro aquel que desconocía el derecho meta constitucional del presidente de la República a designar a su sucesor –o ungido- y, menos aún, dudaba que el beneficiario ganaría en nuestras urnas de ‘mentiritas’ de aquel entonces.
En días pasados, y como una regresión escalofriante, fuimos testigos del retorno de la ‘tiranía del dedo’ en una práctica que nos entierra de nuevo en un México arcaico que se niega a erradicar vicios políticos autoritarios. Fuimos ávidos –o indignados- testigos de una ceremonia en la que Peña Nieto nos hizo evidente que su partido, el PRI, no se tomaría siquiera la molestia de hacer elecciones internas. En un proceso pantalla de anuncio de permuta de funcionarios, nos estrelló en la cara su deseo de no someter a su partido al desgaste natural de unas elecciones internas, asegurando la sumisión de aquellos militantes que, cual vacas, deberán pronto entrar al corral; no obstante, no concuerden con sus prácticas autocráticas, ni con su elección.
Triste práctica que denota que, si un partido no puede ser democrático con los elementos que lo componen, menos aún lo será con el pueblo a quien pretende volver a representar. Pero, en el afán de no satanizar a unos sin observar lo que sucede con los ‘otros’, el dedazo no es exclusivo del PRI en estos momentos de carrera hacia las elecciones del 2018 en nuestro país. El ‘Peje’ se auto destapó como candidato, así como los muchos independientes que se consideran –con gran autoestima- dignos de gobernar a México; también, y a partir de ejemplos funestos de autocracia, seguramente el candidato panista saldrá del dedazo de unos cuantos. El método para elegir ‘al mejor’–para ellos y no necesariamente para el país- será seguramente otro pantallazo, y los mexicanos nos quedaremos impávidos y sometidos a sus procedimientos, como siempre.
Lo que no han tomado en cuenta es que estos métodos de designación arbitraria y unilateral, por muy atractivos y eficaces que resultan para los omnipotentes a cargo, serán el cáncer de los partidos a muy corto plazo, porque resultarán en desunión, defecciones y pugnas de sus militantes. La realidad es que, al evitar debilitarse, se auto inmolarán.
Sin embargo, ¿qué les puede importar?, ultimadamente, cuando el único afectado será el electorado, quien tendrá que ‘recetarse’ sus pleitos, declaraciones y, lo peor de todo, una boleta con un montón de candidatos que por motu propio o del de unos cuantos, dividirán de tal forma el voto, que será imposible elegir a quien realmente representa los ideales de la mayoría de un pueblo que requiere –cuanto antes- de un liderazgo de valor para los próximos seis años, y no precisamente del ‘menos peor’ de ellos.
Seremos, pues, el país de los muchos candidatos menos democrático del mundo. Curioso, ¿verdad?