Sobre cimientos arenosos

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A los mexicanos nos gusta aventarnos la bolita. Cuando hablamos del cáncer de la corrupción o de la violencia en nuestro país, nos visualizamos fuera de la cancha, como si lo que ha venido sucediendo en México fuera resultado de fenómenos inherentes a alguien más y de los cuales somos simples espectadores y, por ende, víctimas. Y la pregunta es: ¿nos ha servido de algo creer que la descomposición moral de quien roba o mata es producto de algo ajeno a nuestra sociedad? ¿Cuándo aterrizaron los extraterrestres en nuestro país y nos sembraron malas personas?
El crimen organizado –como ejemplo- no funciona si no hay ciudadanos corruptos, ya sean políticos, empresarios, funcionarios o comerciantes; en resumen, sin mexicanos. Es decir, la crisis no se generó sola; es resultado de una sociedad que dejó de sustentar la convivencia en los valores como principal recurso para su viabilidad y permanencia en el tiempo.
Escribió Octavio Paz que “por el camino de la mentira podemos (los mexicanos) llegar a la autenticidad”; y yo agregaría que tomamos constantemente ese camino para curarnos en salud. Lo cierto es que lo único auténtico y que comienza a ser un sello de nuestra cultura es que nos enfrentamos a una fuerte crisis de valores como individuos y como colectivo. Nuestra acción valorativa de lo correcto en contraparte con lo rechazable está tan distorsionada, que los cimientos bajo los cuales se formó nuestro país se han ido debilitando conforme hemos ido negociando -a nuestra conveniencia- con la honestidad, la responsabilidad y la justicia. Y, más grave aún que dejar de lado estos valores es pensar que alguien más tendría que poner el ejemplo en su aplicación para que los demás los honremos. De ahí deriva una de las consecuencias más lamentables en nuestra cultura: “si yo no tranzo, alguien más lo hará detrás de mí; así que…”.
Está claro que el modelo de siglos pasados no es ya la solución para regresar a convivir bajo un real esquema de valores. No podemos, con estilos autoritarios arcaicos, pretender transmitirlo a los jóvenes, más aún cuando la familia ha perdido influencia en ellos debido a que –por trabajo u otros distractores- cada vez se les dedica menos tiempo; pero sí podríamos, en un ejercicio de verdadera honestidad, asumir nuestra responsabilidad para dejar de escandalizarnos de lo que sucede afuera cuando la disolución de los valores fundamentales inicia en lo individual y de puertas hacia adentro. Cuando, en nuestra ceguera, hemos dejado de entender que, sin valores, perderemos inexorablemente cualquier guerra. Y la primera batalla, ineludiblemente, es con nosotros mismos.