Perdón sí, olvido no

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El asunto de exonerar a los delincuentes encarcelados en México no es nuevo. Se ha otorgado a muchas personas, pero con ciertos matices. Cada noche del 15 de septiembre, previo al grito de independencia, la autoridad deja libre a un grupo de presos que cometieron delitos menores, pero delincuentes al fin. Cuando en la Unión Americana se anuncia la pena de muerte para un connacional, la autoridad hace petición oficial para que se le perdone tal sentencia. La simple exoneración resulta incomprensible si no se toman en cuenta importantes factores.
El perdón es un don que el ofendido o su familia otorgan al victimario. En muchos de los casos se da luego de una aportación económica para resarcir los daños morales provocados. El perdón no es olvidar lo sucedido, pues para perdonar es ineludible la memoria del agravio. Sin embargo, reconciliarse con el victimario solo puede tener sentido cuando ha existido un vínculo significativo con la víctima. La posibilidad de perdonar depende de la percepción del delito, del sistema de valores y de la concepción de la vida de la víctima, así como de la actitud del victimario. De ésta forma, el perdón puede tener efectos psicológicos positivos para la víctima: el no vivir atormentada, sacudirse la carga del pasado, mejorar la salud mental y reconciliarse consigo misma. Para ello, debe existir una solicitud de perdón del ofensor a la víctima, que se tenga reconocimiento del daño causado, arrepentimiento, empatía, sentimientos de culpa, compasión por la víctima y solicitud de indulgencia, así como algún tipo de reparación.
En el caso de que el delito sea una ofensa de gran magnitud, como un homicidio, un secuestro o una desaparición forzada, el perdón de las víctimas o sus familiares no puede implicar la desaparición de las responsabilidades legales de quien lo haya cometido ni la modificación de los sucesos.
Si pretendiéramos en México exonerar a líderes, gatilleros o delincuentes de alta peligrosidad, debiéramos conocer la verdad de todos sus delitos, la ubicación de personas desaparecidas, sus motivaciones, cómplices y la solicitud pública de perdón a todos los mexicanos. Solo que hay un problema. Somos una población que condena, que guarda fácilmente rencores y que anhela la venganza para poder recuperar la tranquilidad perdida por los hechos. Ante eso, el perdón puede ser rechazado con toda legitimidad por las víctimas y sus familias.
El perdón como parte de un proceso de justicia terapéutica implica la disminución de emociones, conductas y juicios negativos ante un suceso determinado. No se aplica por la aportación económica del victimario ni puede ser exigido el perdón. Es un acuerdo de ambas partes para beneficio de los involucrados. Generalmente se excluye a los menores de edad y a personas que no hayan pasado por un tratamiento psicológico.
Cualquiera que sea la situación: perdonar o exonerar; los delincuentes y gobernantes tienen la palabra. Pero ya han pasado muchos sexenios y nadie ha reconocido su culpa de haber llevado al país a las condiciones en las que estamos.