El aquelarre de los transgresores

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Transgredir, por definición, es reprobable y condenable. Un transgresor quebranta la ley, rompe las reglas, violenta los principios. Y hoy, más que nunca, los transgresores –como brujas en aquelarre a medianoche– andan sueltos e impetuosos.
Transgrede Trump cuando zarandea el avispero al reconocer a Jerusalén como capital de Israel para regocijarse en un caos calculado.
Transgrede Kim Jong-un al jugar a las guerritas con sus misiles intercontinentales para espantarnos con el espectro del holocausto nuclear redivivo.
Transgrede ‘El Bronco’ de las tierras del norte cuando, cual burdo lobo de Caperucita, se disfraza de dulce abuelita para hacernos creer que de verdad será una vez más candidato independiente.
Transgrede Nicolás Maduro al anunciar que los principales partidos de la oposición tendrán prohibido presentarse a los comicios presidenciales el próximo año en Venezuela.
Transgreden Ricardo Anaya, ‘El Peje’ y un PRI que cobardemente se esconde tras las faldas de Meade al brincarse a contentillo las trancas con tal de apropiarse del botín electoral del 2018, con la falsa pretensión de una democracia que solo existe en los libros de texto.
Transgrede Peña Nieto al hacerse que la virgen le habla cuando los ciudadanos le exigimos nos aclare cómo estuvo eso del posible nexo entre el millonario ‘moche’de Odebrecht y el financiamiento de su campaña presidencial en 2012.
Transgreden los gobiernos municipales cuando tratan de ocultar sus malos manejos con la complicidad de una prensa que sistemáticamente traiciona a sus lectores en aras de jugosas y redituables prebendas.
Transgrede el cardenal Sandoval Íñiguez, cuando él y los demás solapadores de abusadores sexuales “acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”, como acotaría dignamente Sor Juana.
Transgreden aquellos empresarios que recurren a triquiñuelas y argucias legales al escatimar la justa paga que merecen sus trabajadores como compensación por sus servicios laborales.
Transgreden aquellos que, parapetados tras el dogma, asfixian el diálogo creyéndose usufructuarios únicos de la verdad.
Transgreden los comerciantes que religiosamente suben el precio a sus productos antes de ofrecerlos ‘a grandes descuentos’a los consumidores que llegan aguinaldo en mano.
Transgreden quienes, amparados en la dudosa filosofía de“el que no transa no avanza”, sienten el regio derecho de sentirse encima de la ley.
Transgreden aquellos que han hecho de la transgresión una forma de vida, en una sociedad que solapa la intimidación, el engaño, la intolerancia y el escarnio.
¿Qué pasará el día en que el ciudadano de a pie –eternamente transgredido–, cansado de abusos y vejaciones se haga justicia en mano propia? ¿Cuánto nos falta?
¿Dónde están, por el amor de Dios, los nuevos Zapatas y los nuevos Jesucristos?