El espejo sin imagen

0
221

¿Algún día se han preguntado, al escuchar tantas historias sobre adolescentes involucrados con la delincuencia organizada, cómo es que un chavo inicia –por decisión propia- ese camino sin retorno?
La respuesta es compleja y las cifras escalofriantes. El hecho es que, para miles de jóvenes actualmente, el ser criminales se ha vuelto un ‘estilo de vida’ y una opción viable en nuestro país. En un abierto rechazo a estructuras que nunca los han contenido y sin mayor análisis de las consecuencias, se ha gestado una nueva generación de mexicanos que, en su necesidad de sentirse parte de algo, forma parte ya de grupos delincuenciales. Y más allá de cuestionarnos ¿cómo es posible que esto suceda?, la pregunta debiera ser: ¿cómo es que no sucedió antes? El campo en México lleva muchos años fértil para que esto resultara así.
De entrada, en cinco de cada 10 hogares mexicanos el padre está ausente, ya sea porque nunca formó parte de la pareja, porque es semipresencial como en el caso de los migrantes o porque es padre de fin de semana debido a la separación o divorcio de la madre. Y en esa falta del centro constitutivo de la identidad masculina, se crían millones de niños varones con un alto grado de inmadurez, vacíos dolorosísimos y desconfianza de su entorno. La ausencia del padre en los momentos más relevantes de la constitución de su personalidad les impide modelar un proyecto de vida basado en el autocontrol y el respeto a la propia vida y a la de los demás. Así, la imagen de un ‘papá fantasma’ que no refleja más que abandono, queda tatuada de forma indeleble en el consiente de un niño, quien concluye que hay que distanciarse –en cuanto le sea posible- de todo lo relacionado al hogar; bueno o malo.
Si a lo anterior le sumamos que, a falta de apoyo para cubrir las necesidades básicas del hogar, la madre sale diario a trabajar, tenemos como resultado a niños que a muy temprana edad se ven expuestos a una influencia incontrolada de la calle, en donde, a partir de pandillas en barrios reprimidos, la estructura del crimen organizado es lo único que les proporciona identidad y pertenencia.
Difícil, pues, pensar que -a partir de un esquema familiar tal- tendremos en un futuro próximo una generación de jóvenes capaces de desenvolverse de forma racional con su vida; porque a un padre ausente lo buscas toda la vida, y ese vacío –triste y hondo- será llenado con cualquier cosa como violencia, drogas o delincuencia. Cualquier cosa que pueda deslindarlos de un pasado que rechazan porque duele.