Ikigai, el arte de aprender a vivir (I de II)

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María del Pueblito se encontraba un día orando, cuando escuchó una voz venida del Cielo:
¿Quién eres? – inquirió la voz. Soy la esposa de Juan, el abarrotero –respondió la mujer.
No te pregunté con quién estás casada, sino quién eres tú –insistió la voz.
Soy la mamá de Valentina, Rafael y María José, mis pequeños – señaló ella.
Mi pregunta no es cuántos hijos tienes, sino quién eres –reiteró la susodicha.
No sabiendo qué más responder, contestó: “Soy una maestra de primaria”. A lo que la voz siguió machacando: “No quiero saber a qué te dedicas, sino quién eres.”
Después de un largo silencio, Pueblito dijo finalmente: “Soy aquella que todos los días se levanta para cuidar y prodigar de amor a su familia, y a contribuir a que mis niños de la escuela salgan mejor preparados a la vida”. La voz se dio por satisfecha y se retiró dejándole una sensación de paz.
Si bien esta historia es de carácter ficticio, la verdad es que a mí me ha tocado experimentarla con mis alumnos universitarios cuando les doy esta sencilla instrucción en clase: “Toma una hoja de papel y respóndeme a la siguiente pregunta: ¿Quién eres?”
Sí, la instrucción es simple, pero como vimos en el ejemplo de Pueblito, la pregunta es sumamente difícil de contestar en un nivel más profundo.
Esta reflexión inicial nos ayudará a entender el postulado básico de una filosofía de vida a la que los japoneses llaman ikigai, de cuya existencia me enteré de manera reciente, y que nos plantea la siguiente pregunta: ¿Cuál es tu razón de ser?
A diferencia de otros enfoques, cocinados al vapor en libros de autoayuda, ikigai tuvo su origen hace 10 siglos en la tierra del sol naciente, por lo que forma parte de la tradición heredada de generación en generación. Podría ser traducida como ‘Valor en la vida’ y la escritora y periodista Yukari Mitsuhashi la describe como “la razón por la que te levantas cada mañana”.
La idea se encuentra emparentada con el concepto de felicidad, pues el pueblo nipón se encuentra convencido de que la suma de las pequeñas alegrías de la vida diaria es la que nos lleva a una vida plena.
Sin embargo, el propósito de ikigai no es la felicidad, según apunta Francesc Miralles, un periodista español y coautor de un libro reciente sobre el tema: “El objetivo es identificar aquello en lo que eres bueno, que te da placer realizarlo y que, además, sabes que aporta algo al mundo… La felicidad sería la consecuencia (de vivir en ikigai)”.
Miralles visitó Okinawa, una isla del Japón famosa por la longevidad de sus habitantes. Cuando entrevistó a los ancianos para conocer su secreto, la respuesta más común que obtuvo fue: “Ikigai”, las ganas de seguir viviendo. “Todos tenían un ikigai –refiere Miralles al diario El País–, una motivación vital, una misión, algo que les daba fuerzas para levantarse de la cama por las mañanas”.
El próximo jueves señalaré en este espacio qué cosas se requieren para hacerse de la vitalidad característica de ikigai y cómo lograr conservarla.