Sin sentimiento no hay aprendizaje

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Los problemas de aprendizaje que se presentan en los escolares de educación básica es un tema incompleto en el nuevo modelo educativo en México. Cuando se piensa que su causa puede ser la actitud y forma de enseñanza docente o el escenario caótico social escolar, las autoridades suelen encubrir las irregularidades y adjudicar la responsabilidad en la forma de crianza de los padres o en las condiciones personales del infante. Por ello es muy común la recomendación de acudir a una valoración neurológica o psicopedagógica, lo que para los padres resulta muy oneroso o fuera de su alcance territorial. A pesar de que el sistema educativo cuenta con un programa de atención escolar (USAER), como toda acción gubernamental ha sido fácilmente rebasada por la alta demanda y el reducido número de personal especializado.
Una postura interesante en la atención de problemas de aprendizaje versa sobre las restricciones en los procesos de simbolización en la infancia y adolescencia, y que tiene que ver con las maneras de leer, narrar, dibujar, escribir y pensar, de aquellos que son etiquetados como ‘niños problema’ en el aula. ¿Qué refleja en los niños estos inconvenientes? Seguramente situaciones emocionalmente adversas que generan conflictos psíquicos, difícil de expresar de manera racional y adecuada a través de las palabras y emociones auténticas.
El trabajo psicopedagógico no solo tiene que ver con la actualización de los conocimientos no aprendidos en su momento, ni el solo enseñar a que asimile cómo aprender; se trata también, de estimular, a través de la creatividad, cada una de las formas utilizadas para simbolizar lo aprendido.
Ahora, ¿serán las formas fallidas de crianza familiar y el uso de nuevas tecnologías lo que generan un mal aprovechamiento escolar en los estudiantes? Me temo que sí. Las frágiles habilidades para pensar, hacer y sentir no favorecen a crear sujetos que dominen su campo social. Lo vemos a diario: niños y jóvenes con dificultades de apego, confianza y exceso de frustraciones que transitan por el camino de las conductas de riesgo. Y es que las expectativas que los padres tenemos de los infantes que educamos son muy altas o inalcanzables. Quizás estamos dejando en ellos la gran responsabilidad de recomponer el mundo que nosotros construimos. Por ello muchos padres y madres, con tendencia traumática, desamparan y prefieren estar ausentes de los hijos antes de tiempo. Otros, en el extremo, construyen un deseo de protección exagerada y no permiten el espacio adecuado para la individuación de los hijos.
En el escenario de la atención psicológica, cuando se trata de valorar a un menor en condiciones de bajo rendimiento escolar, será necesario conocer el desempeño de cada uno de los padres y la dinámica familiar en la que está inmerso. Ese sería el primer paso. No siempre es posible porque son ellos quienes colocan a los hijos por delante. Hay que señalar que, aunque el problema está en los menores, la solución está en los padres.