‘Sin agandalle’

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Los mexicanos tenemos frente a nosotros este 2018 uno de los procesos electorales más interesantes y diversos a los que nos hayamos enfrentado. Y, para transitar como nación fuerte y democrática, deberemos pavimentar el camino hacia estas elecciones de una manera digna y, sobretodo, congruente. Porque no es lo mismo querer un cambio, que estar dispuestos a cambiar.
Para que esto suceda, tendremos antes que revisarnos como sociedad y como individuos con lupa y sin autoengaños. Por supuesto que esa preparación deberá incluir el incrementar nuestro estado de alerta en relación a aquellos que se ostentan como ‘la mejor opción’ para gobernarnos. Analizar sus propuestas con seriedad, cuestionarlos, investigarlos. Sin embargo, si no desarrollamos –y rapidito- un vínculo social más maduro que nos permita erigirnos como un pueblo merecedor de un futuro mejor, el único resultado será 6 años más de lo mismo.
Por ejemplo, ¿cómo pretenderemos que los políticos a los que elijamos les den paso a las necesidades de nuestro pueblo, si como ciudadanos no somos capaces de darle paso al peatón cuando conducimos en la calle? ¿Con qué valor moral podremos levantar la voz para denunciar a un funcionario corrupto, si hemos permitido que la cultura del ‘agandalle’ se instaure profundamente en nuestro ADN?
Hoy los mexicanos toleramos la descortesía y la falta de ética como algo normal en nuestro día a día. Nos hemos acostumbrado a la ausencia de urbanidad y dejamos actuar libremente a los ‘gandallas’, permaneciendo pasivos en una resignación que nos hace cómplices del estado de las cosas en nuestro país. O, tal vez, aguantamos porque, muy a menudo, también nos comportamos así –“el que fue a la Villa perdió su silla”-, reflejando la triste realidad de una sociedad que ha dejado empobrecer su calidad ciudadana cada vez más.
Para que algo cambie, a partir de un nuevo gobierno, tendremos que hacernos conscientes de lo maligno que es ser inequitativos en las relaciones con nuestros semejantes; comenzar a despreciar a quienes defienden celosamente sus derechos, pero ignoran por completo sus obligaciones. Dejar de vivir bajo la doble moral de quien señala, pero no da un buen ejemplo a sus hijos, y evitar seguir haciendo el ridículo al confundir la transa con el ingenio.
Deberemos, de una vez por todas, erradicar la impunidad honrando nuestras leyes para que aquellos personajes con foto en las boletas no las desprecien cuando no los favorezcan. Empezar, pues, a respetar la dignidad humana para ser respetados como una nación cortés, considerada y decente que elige a sus gobernantes desde una muy aceitada maquinaria social imposible de engañar.