Compromiso y traición

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Es muy complicado vivir en soledad, por ello tenemos la tendencia a buscar compañía, a ser personas sociables, amistosas y a buscar formar parte de un grupo, ya sea escolar, religioso, cultural, gremial, deportivo, político, etcétera. Sin embargo, no es nada fácil mantenerse y tener una relación amable y estable al interior del grupo. Muchas personas fracasan, buscan uno u otro grupo para ‘encajar’, con el riesgo de quedarse sola. Hoy en día la soledad es muy común, pues una persona puede ‘estar sola’ a pesar de tener personas que le acompañan. La soledad, se dice, es el mal del nuevo siglo.
Las razones por las que integramos un grupo es para satisfacer determinadas necesidades, entre ellas: contar con una compañía frecuente; sentirnos con la seguridad que nos lleve a la supervivencia; alcanzar un estatus social y liderazgo; ocupar una posición de poder y dominio, y sentirse apoyado para alcanzar logros individuales. Cada grupo asume uno o varios objetivos y sus integrantes interactúan con cierta interdependencia, lealtad y percepción de forma de vida interna y externa. Pertenecer a un grupo proporciona cierta satisfacción, pues genera sentimientos de reconocimiento, de identidad y confianza en sí mismo.
No todas las personas podemos pertenecer a un mismo grupo. Se necesita cierta afinidad, atracción interpersonal y posibilidad de reconocimiento por los demás. Para ello es importante el frecuente contacto e interacción entre sus miembros. Entre mayor sea la distancia entre los integrantes, menor cohesión, compromiso y lealtad habrá. Ante esto, no es difícil encontrarse con personas ‘desagradables’ que señalan diferencias al común de las actividades realizadas por el resto del grupo o de algunas personas que las emprenden. Estas comparaciones sociales, económicas, intelectuales o de filiación, van a generar y difundir la idea de que quienes dirigen el grupo lo hace de forma ‘errónea y abusiva’. Es inevitable tomar una postura, cualquiera que sea, pues lo que se haga, lo que se diga, lo que no se diga y lo que no se haga, siempre tiene una influencia en quienes forman parte del grupo.
Esta forma de contradecir a los compromisos del grupo, puede dar la pauta a generar una modificación en las formas acordadas o un cambio en su estructura y dinámica. Eso se acerca a lo que se conoce como democracia. Sin embargo, cuando el propósito es desequilibrar la ruta de trabajo para arrebatar el poder o trascender dañando a otros, se habla de asumir un rol de infiel o traidor.
La traición es un acto de egocentrismo y una muestra de autofracaso. Quien la realiza tiene un conflicto con sus necesidades y busca, de manera astuta, en compensarlas. Muchas veces, la traición se actúa para ocultar una baja autoestima en la persona que no le ha permitido integrarse al grupo y lograr objetivos colectivos. Emocionalmente, la persona parece no sufrir, al menos es lo que trata de demostrar; sin embargo, si lo hace y de forma compulsiva. No es raro que repita una y otra vez ese tipo de comportamiento.
En el campo de la psicoterapia, las personas que con mayor frecuencia acuden a recibir ayuda psicológica, son aquellas que han sufrido una traición, generalmente amorosa. Pero no solo en esta circunstancia existe traición: los adolescentes se ven expuestos a múltiples experiencias de traición por sus amistades escolares; las mujeres lo viven en ámbitos laborales y, con mayor frecuencia, en el escenario de la política -gubernamental e institucional-.
Estamos en elecciones y las alianzas y traiciones podrían verse como un elogio. Es momento de cambiar.