“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…”

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Érase una vez, en un país lejano, un reino poderoso. El soberano en el trono era un ser bizarro y ruidoso quien, temeroso de su pueblo, vivía cuidándose de ser envenenado ya que se sabía odiado por sus súbditos. Solo algunos lo acompañaban; aquellos que algún día lo proclamaron rey y que creyeron en sus promesas. Sin embargo, tampoco en ellos confiaba y, menos aún, escuchaba sus consejos, a pesar de saber que su reino perdía poder irremediablemente.
La caída era inminente día con día: los precios subían a un ritmo incontenible, los salarios estaban estancados, su moneda ya no dominaba en la comarca, la deuda con otros reinos era impagable y, lo más alarmante, había tenido que cortar el presupuesto militar.
Bien sabía que pronto, como a todos los demás imperios en la historia, su ciclo en la grandeza terminaría debido a la serie de decisiones que, generación tras generación, minaron las bases que lo mantenían vivo. Decisiones tomadas a partir de la necedad de mantener las cosas como antes funcionaban en un nuevo contexto. Pero, ¿qué podría hacer, cuando había que mantener la hegemonía sobre otros reinos haciendo la guerra, instalando gobiernos ‘amigos’ fáciles de manipular, para retirarse y gozar de los beneficios de dichos acuerdos? Él, el rey Trump, aprendió, como lo hicieron sus antecesores, que todo reino nace a causa de la codicia, pero se le olvidó que también mueren por la misma causa.
Y como vecino, al sur de la frontera, existía un país de piel morena que, si bien no era tan poderoso, corría el mismo riesgo porque entre su gente había un hartazgo enorme por la pérdida de los pilares fundamentales de la convivencia humana: seguridad, equidad, justicia y desarrollo.
En él, no existía un solo rey sino un ‘cónclave’ que conservaba el poder político y cultural a pesar de su falta de legitimidad y una creciente radicalidad de movimientos sociales. Sin embargo, tranquilos y confiados, pensaban que lejos estaba el día en que aquel pueblo descontento les quitaría la corona porque ninguna sociedad puede tener una influencia duradera cuando es tan heterogénea y plural que no puede organizarse sostenidamente; cuando no existe un liderazgo capaz de unificar la diversidad de opiniones, ni concentrar en un solo reclamo las necesidades de todos.
Muertos de la risa, apuntaban su dedo hacia el norte; hacia aquel rey Trump, burlándose de sus ocurrencias, sin darse cuenta que en sus propias tierras se gestaba una crisis de muchas dimensiones que, de no ser atendida, los llevaría inexorablemente al mismo final o peor. Porque aquella fuerza que se diseñó para empujar desde arriba, al empezar a empujar de lado y en dirección equivocada o con magnitudes mayores a las que pueden soportar, se derrumban las estructuras que los mantiene en el poder.
Pero, obsesionados con permanecer, dejaron de observar que un nuevo ciclo solo puede darse a partir de la modificación profunda del anterior hacia un nivel superior de existencia. Continuará…