“Y continuando con la historia…”

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En el reino del norte prevalecía entre la gente una falsa quietud que parecía más una mezcla de asombro y desencanto. Los mandatos de su soberano les parecían cada vez más incomprensibles y habían perdido, en su mayoría, la fe en él. También se sentían polarizados en un ambiente que segregaba a unos de otros; lo que alguna vez fue un gran reino que nació de la diversidad, ahora se convertía en tierra fértil para la intransigencia y la intolerancia a las diferencias.
Y en su castillo, dudoso de la lealtad de sus súbditos, incluso de aquellos que lo habían sentado en el trono, el rey peinaba su gran copete dorado mientras admiraba su imagen en el espejo. Sabía que el poder se le escapaba de las manos y necesitaba respuestas, por lo que preguntó: “Espejito, espejito, ¿qué puedo hacer para que todos me amen, admiren y obedezcan? A lo que una cara sombría contestó: “Al rey, lo que es del rey, al pueblo lo que es del pueblo y al narciso, lo que es del narciso”.
Confundido con lo que acababa de escuchar y temeroso de que algún súbdito se le rebelase, el rey acudió de inmediato a su escribano favorito para enviar un mensaje a cada confín de su reino: “A partir de hoy, todo aquel que se llame Narciso será decapitado antes de la media noche”.
El pueblo, al leer tal comunicado de su rey y harto de sus ocurrencias, hizo caso omiso. Así, el soberano mandó a su ejército a irrumpir en cada hogar y cada comercio buscando a los Narcisos que serían decapitados. Los soldados, sin comprender bien a quién tendrían que arrestar y no habiendo obtenido ayuda por parte de la gente, recorrieron cada rincón del reino sin lograr ninguna ejecución.
Ante tal fracaso, indignado y temeroso, pidió a su corte de consejeros le condujeran a la plaza principal del pueblo, lugar jamás visitado por él, para ver con sus propios ojos a quienes evitaban que se cumplieran sus designios. Al llegar, un gran número de súbditos se arremolinaron a su alrededor para escuchar lo que el rey tenía que decirles. “Ofrezco una gran recompensa a quien me entregue a Narciso”, dijo. Se hizo un silencio sepulcral y de pronto, a lo lejos, se escuchó la voz de un anciano: “Alteza, para entregarle a un Narciso, tendríamos que saber lo que eso significa”. Sin saber qué contestar, el rey pidió al más sabio de sus consejeros contestar lo que el viejo había preguntado.
El hombre describió lo siguiente: “Narciso es aquel que necesita sentirse admirado a base de encasillar a los demás en roles de sumisión. Lo que piensa de sí mismo es mucho más importante que lo que ocurre en su entorno y manipula mediante discursos ambiguos, exponiendo ideas imprecisas. Piensa que el mundo gira alrededor de él y maltrata a la gente por el solo hecho de ser diferente a lo que es él. Basa sus ideas en prejuicios y estereotipos y juzga a las personas según conceptos inflexibles. Cuando tiene poder, es autoritario y rechaza la conciliación o la negociación. Y, por último, reacciona con hostilidad a la crítica, percibiendo a las demás personas como amenazas”.
“¡Ahí tienen la definición!”, dijo el rey Trump. “Mi consejero le dará 10 costales de monedas de oro a quien entregue vivo o muerto, completo o en partes a Narciso.”Una exclamación se escuchó entre la gente y, sin que los soldados pudieran hacer nada, la muchedumbre se lanzó contra el rey. Unos le arrancaban el pelo, otros un brazo, otros más una pierna y, algunos, hasta los ojos. Todos querían una parte que entregar para ganar la recompensa.
Finalmente, órdenes son órdenes y, ante tal desafío, al pueblo lo que es del pueblo y al rey, lo que es del rey… o lo que quedó de él.