Una adolescencia dudosa

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La influencia de las ideas de otras personas llega a tener un efecto importante en nuestra conducta. Quizás has escuchado decir por ahí que: “No existen los verdaderos hombres ni las verdaderas mujeres” y entonces has reflexionado y sentirte tranquilo por no ser lo suficiente hombre y golpear a la chica que se negó a salir contigo; o que de pronto entendieras por qué te resultaba tan atractivo tu amigo de secundaria; o bien, recuerdas esa aventura al huir de casa con tu mejor amiga, a los 14 años, sin que nada malo les sucediera, a pesar de la preocupación y búsqueda de tu familia. Ser un adolescente es tener la suficiente capacidad para hacer lo que siempre has querido hacer, pero la necesaria inmadurez para responder a las obligaciones de casa y escuela.
Hoy en día, el que los adolescentes tengan un nivel bajo de inteligencia emocional (no se confunda con inteligencia cognitiva) los vuelve vulnerables a muchos riesgos psicosociales, llámense consumo de drogas, relación sexual temprana, violencia social, delincuencia, deserción escolar, abuso sexual, acoso, entre otros.
La etapa por la que transitan los caracteriza como “muy emocionales” y “poco racionales”, mostrándose fríos, distantes o apartados, seguidos muy de cerca por una sombra depresiva y suicida. Una crianza con la débil influencia paterna y materna, no favorece en el desarrollo de habilidades emocionales, cognitivas y sociales. Nuestro entorno se está generalizando con adolescentes que les cuesta trabajo resolver conflictos, conducirse adecuadamente en un escenario escolar adverso, interesarse por la política y seguir costumbres religiosas. Cuando si vemos a muchos adolescentes en estos ámbitos, pensamos que “están del otro lado” y no habría que preocuparse por ellos. Pero, ante las evidencias, lo que tendríamos que hacer con los adolescentes es dudar de ellos. Quizás estemos en “su futuro” y eso sería todo un riesgo, y reto a la vez, para nosotros los adultos.
Muchas ideas expertas hablan de tener paciencia, empatía y comunicación amable con los hijos adolescentes, pero se olvidan de influir en ellos las habilidades necesarias para sacar el mayor provecho de sus experiencias de vida.
Hay quienes, después de un curso de sexualidad resultan embarazados; o que al aprender las maniobras para conducir un auto, hacen su primera visita al taller de hojalatería; o cuando realizan una acción de gran impacto emocional para sus padres, deciden alejarse del hogar y considerarse como “desaparecido”.
La inteligencia emocional en los adolescentes se desarrolla desde casa y se consolida en el grupo social-escolar. No es suficiente realizar actividades deportivas y culturales, como lo promueven las autoridades educativas, pues mientras que no se considere la opinión e intervención del profesional de la psicología en el nivel de educación básica, las conductas de los adolescentes quizás obliguen a los legisladores a incrementar la edad legal para casarse, votar y beber alcohol hasta los 20 años. Eso sería coincidente con la madurez tardía de la adolescencia. A menos que los laboratorios les ganen y desarrollen una sustancia para acelerar la actividad de la corteza prefrontal y la producción de testosterona.
Se espera mucho de los adolescentes, pero ellos hablan en otro idioma.