Los bebés

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La primera infancia nos despierta muchas emociones, sobre todo para los padres primerizos que navegan desde momentos alegres hasta los angustiantes que movilizan a toda su familia (abuelos y otros hijos).
Cuando hablamos de esa infancia que va desde el nacimiento a los tres años de edad, creemos que todo está dicho, pues lo único novedoso que encontramos pudieran ser los medicamentos para atener enfermedades físicas típicas de la edad. Muchos padres habrán de seguir reglas estrictas para la higiene, la alimentación y el cuidado de la salud física más que la psicológica. Estos mismos, sabrán la hora exacta cuándo darle de comer, hacerlo dormir, bañarlo, tocarlo, alzarlo y besarlo; el objetivo es evitar que se contagie de alguna enfermedad que afecte su sistema inmunológico. Pero no falta la tía, sobrina, abuela o madrina que indique las particularidades y especificidades de cómo se debe atender un infante menor de un año y evitar que caiga en la sobreprotección de sus cuidadores.
Son los bebés quienes principalmente se ven expuestos y moldeados por todas las recomendaciones, inseguridades y cambios familiares de crianza. La experiencia de vivir entre gratificaciones y experimentar frustraciones estratégicas va a marcar la pauta para identificar necesidades básicas.
Es cierto que muchos pequeños tienen la capacidad de adaptarse fácilmente a los cambios del desarrollo, pero muchos otros rechazan esa gama de estímulos extraños; sufren, se angustian y no se permiten disfrutar lo principal: ser amamantados y generar un apego seguro.
Una importante influencia es el ambiente, sonoro y visual, de los conflictos en familia, los múltiples dispositivos electrónicos, los frecuentes abandonos por la cuidadora principal y la socialización adversa temprana que ofrece la guardería.
Hoy planteamos que la primera infancia se desarrolla en escenarios totalmente diferentes a los de hace dos generaciones atrás. No se le ha dado suficiente importancia ni hay la información adecuada para atender los inconvenientes psicológicos de los lactantes y niños pequeños. Estos se desarrollan bajo condiciones desfavorables para el bienestar emocional.
Vamos encontrando en la clínica infantil problemas de retraso en el lenguaje, irregularidades para el dormir, formas poco amables de convivencia, dificultades para aceptar alimentos nutritivos y expresiones de agresión hacia personas de la familia y conductas que motiva a no ser aceptados en guardería. Lo terrible es la asignación por parte de médicos inexpertos de diagnósticos que hacen referencia a trastornos mentales que no lo son. Las perturbaciones emocionales de los bebés deben valorarse en conjunto con la dinámica familiar predominante y ello requiere de psicólogos pediátricos o, al menos, de especialistas en la infancia.
Este tema será motivo de nuestro próximo diplomado que busca darle mayor importancia a la salud mental de las niñas y los niños.