“Tú también pégale, no te dejes” La agresividad como norma (II de II)

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“La agresión es algo que forma parte de mí y no pienso hacerla de lado cuando estoy en un partido”. Esta confesión sincera de Delle Alli, un futbolista de la Liga Premier británica, apunta a la complejidad del comportamiento agresivo del ser humano.
Difícilmente podríamos justificar que un padre de familia le aconseje a su hijo “Tú también pégale, no te dejes” si el niño se queja de que un compañerito lo estuvo molestando, pues sería tanto como enseñarle que los conflictos se resuelven a golpes. Pero también es cierto que, si el escuincle no se aprende a defender, abrirá la posibilidad de que otros continúen aprovechándose de él.
Los expertos en el manejo de las emociones están conscientes de la naturaleza dual de la conducta agresiva, ya que sin ella correríamos el riesgo de convertirnos en seres débiles, pasivos y enclenques. Carmen Maganto Mateo, autora del libro ‘Cómo potenciar las emociones positivas y afrontar las negativas’, distingue la agresión hiriente de la no hiriente. La primera resulta reprobable, pues surge del impulso sádico de sobajar a otros. La segunda es justificable en la medida en que nos ayude a preservar la integridad física o emocional ante las amenazas.
Justificada o no, se debe echar mano de la agresión solo en situaciones extremas. La citada autora recomienda las siguientes acciones preventivas:
Aprende a darte cuenta cuando te sientes alterado. Si lo estás, indaga qué es lo que está pasando e intenta resolver la situación de manera pacífica.
Defiende tus derechos de manera asertiva, pero siempre dentro del marco del respeto.
Llega emocionalmente preparado a una situación en la que estimes que es posible que llegues a la frustración o la ira. Piensa: ‘Si fulano me contesta de manera agresiva, no responderé a la provocación y le pediré que hablemos cuando estemos más calmados’.
En vez de llenarte de pensamientos obsesivos (‘¡Ahora sí fulano me las va a pagar de una vez por todas!’), procura el alivio del perdón. Nuestra experta aconseja: “Seamos indulgentes. Perdonar es hacer la paz con las propias limitaciones y los errores de uno, y con las limitaciones y errores de los demás”.
No caer en la trampa de culpar a otros por situaciones que de alguna manera yo mismo propicié, ya sea porque dije cosas de más o porque me quedé callado cuando debí haberme expresado.
Fedor Emelianeko, un maestro de las artes marciales aconseja: “Un peleador fuerte siempre deberá verse tranquilo y calmado. Yo estoy convencido de que cualquier expresión de agresión es signo de debilidad. Una persona fuerte hará de lado sus nervios y evitará mostrarse agresivo con el oponente. Sentirá confianza en sus habilidades y su entrenamiento; entrará a pelear con serenidad y templanza”.
Resulta pues imperativo asumir la responsabilidad emocional de nuestra vida. “Debemos –apunta Maganto– asumir las dificultades de expresión, los miedos, los errores cometidos, asumir la infancia que vivimos, los sucesos que nos han marcado”. Estaremos así en condiciones de reencontrarnos con nuestro verdadero ser.