Problemas en la escuela

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Los niños, las niñas y los adolescentes no escapan al escenario de la salud y enfermedad generada por el consumo de tecnologías, medicamentos y satisfactores temporales. En la clínica, es común escuchar las quejas de docentes y padres de familia, de que los menores no aprenden adecuadamente o tienen problemas de conducta por padecer déficit de atención, acoso escolar, violencia o, de plano, porque son muy introvertidos y no socializan. El requerimiento de utilizar medicamentos, realizar estudios neuropsicológicos o el derivarlos a un centro de atención (conocido por el maestro), son amenazas constantes de los docentes a los padres. No se hable de consumo de drogas o de un embarazo, porque la determinación es excluirlos de la escuela, “para que no contaminen a sus compañeros o se sientan rechazados”, es automática.
El Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH) es un padecimiento que sigue estando de moda, a pesar de las contradicciones que se dicen de él. Hay quienes señalan que son características propias de su edad; otros indican que si un niño se “mueve mucho”, se asegura que tiene hiperactividad; que si siempre está distraído o platica con el compañero de al lado, tiene déficit de atención; que si el niño no se mueve, no es participativo, pues está enfermo. Muchas veces, se hace referencia a las neurociencias (muy de moda) para justificar un trastorno neurobiológico, un desorden del cerebro. Y no solo eso, sino que se pide hacer un diagnóstico temprano (electroencefalográfico) para determinar si esos síntomas se presentan con cierta intensidad y determinar así, el envío a una Escuela Especial (de las pocas que quedan funcionando).
Aunado a ello, la preocupación de las autoridades educativas es que muchos escolares están en el riesgo de inclinarse por el consumo de drogas, ser víctimas de violencia física y/o sexual, y que si no aprenden, será porque carecen de una inteligencia emocional adecuada. Seguramente habrá que evaluar el coeficiente intelectual a toda la población de educación básica, contraviniendo principios de Derechos Humanos.
Lo cierto es que hay muchísimos niños medicados o condicionados a recibir tratamiento especializado, en algunos casos, por un supuesto trastorno que no existe. Muchas veces es correcto el diagnóstico, pero cada niño tiene su tiempo de aprendizaje. Hay momentos especiales para cada niño que hay que respetar y siempre es importante considerar la influencia familiar en el desempeño emocional y cognitivo.
El desafío de padres y maestros, es saber “evaluar en duro”, aprender a tener respeto por las diferencias, no “casarse” con una supuesta anormalidad en la infancia y que son los especialistas de neurología quienes conocen del proceso neuronal, los psiquiatras de la química cerebral y los psicólogos del desempeño
emocional y cognitivo. El desarrollo afectivo es el motor del aprendizaje (comentado en anteriores opiniones) y el que un niño esté triste, tenga inhibiciones o temores frecuentes, seguramente no va a poder aprender cómo se espera que lo haga, pero ello no responde necesariamente a un anormal funcionamiento cerebral. Seguramente hay repercusiones neuronales, pero eso no significa que el cerebro sea la causa de su problemática.
El reto ahora, es capacitar a maestros y padres en las repercusiones emocionales de experiencias adversas en los niños y en la responsabilidad en sus actos, para deconstruir todos estos mensajes comunicacionales ambiguos.
Si las nuevas políticas educativas van en proceso, es importante generar una nueva visión escolar en las familias, sin apartarse de la subjetividad, la singularidad y de posturas críticas, que eviten una infancia medicalizada, uniforme, adaptada, disciplinada y obediente.