National Geographic y su racista pasado

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“La inteligencia de estos salvajes es la más baja vista en seres humanos”. Esta frase, que traduzco del inglés, hace referencia a los pueblos originarios de Australia, y apareció publicada en la revista National Geographic en 1916. En el número de abril de dicha revista, por salir a la circulación, su editora en jefe reconoce que “a lo largo de las décadas, nuestra cobertura fue racista; admitirlo es una condición necesaria para dejar atrás el pasado”. Víctor Ray, un profesor universitario, apunta al respecto en el Washington Post: “Los editores de National Geographic rara vez cuestionaron el legado colonial y las relaciones de poder que les permitió a sus redactores y fotógrafos darle forma a una conversación global acomodaticia hacia la supremacía blanca”.
National Geographic; sin embargo, no es la única publicación del ‘mundo civilizado’ que ha forjado complicidades con los racistas. Mientras escribo estas líneas, tengo a mi lado un ejemplar de un libro que descubrí en una tienda de antigüedades de San Miguel de Allende: ‘The secret museum of mankind’ (El museo secreto de la humanidad), editado en 1935 y que circuló profusamente en los Estados Unidos. Es una compilación de ofensivas fotografías y descripciones pseudoantropológicas de los ‘aborígenes no civilizados’ del mundo, que sus lectores aceptaban cual verdad.
El pasado racista del National Geographic me parece un juego de niños comparado con tan escalofriante galería y, para serte sincero, recorrer las páginas de este libro me ha puesto de malas (las frases que cito en lo sucesivo son todas traducciones mías).
Las mujeres quechuas –descendientes de los majestuosos incas–, son descritas de manera insultante: “Tan poco agraciadas son estas mujeres indias, que ésta que vemos en la foto sería considerada como una belleza por los de su raza”. A un trío de jinetes de la Patagonia, que aparecen montados a caballo, se les concede el epíteto de los ‘tres sonrientes salvajes’; de los bolivianos se afirma que “su hábito de mascar hojas de coca los ha llevado a la disminución de sus facultades mentales”, y páginas adelante se establece que los habitantes de las regiones más remotas de Guayana han ido disminuyendo en número ‘por su ignorancia de los principios más elementales de higiene’. Se habla también de las ‘primitivas vidas pintorescas’ de los tehuelches, que solían habitar en las Pampas.
Del vestido de una mujer de Madagascar se dice que ‘se asemeja a un mantel’; el rostro de un hombre africano es tildado de ‘grotesco’; un bailable típico de Eritrea es catalogado como la ‘danza salvaje de unos salvajes’ y a los dinkas, un grupo étnico del Sudán, se les etiqueta como ‘gente pasiva, de poca iniciativa e ignorantes; se resisten a adoptar las innovaciones modernas con el pretexto de que estas no forman parte de la tradición de sus ancestros’. A los monjes budistas
se les tacha de ‘degenerados’ y ‘supersticiosos’; la herbolaria del Tíbet es reducida a ‘compuestos nauseabundos’, y de los habitantes de Birmania se dice que son ‘increíblemente sucios’.
No debería pues de extrañarnos que uno de los descendientes de estos xenófobos racistas (un tal Donald Trump), diga que los mexicanos somos ‘violadores’ y ‘criminales’, y que solo podríamos ser contenidos tras un muro.
Ahora me doy cuenta de que el autócrata estadounidense es uno de los hilos de aquellas madejas…