‘Machistas con tacones’

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No existe una sola forma correcta de ser hombre o mujer en este mundo y, habiendo pasado la ‘euforia’ por el Mes de la Mujer, me parece de suma importancia revisar corresponsabilidades; esas que nos recuerdan que cualquier vicio en una relación, sociedad o sistema es responsabilidad de más de una de las partes.
Se habla mucho de machismo en nuestra cultura como un atributo personal y automáticamente relacionado a la conducta del hombre con relación a su manejo de poder sobre la mujer. Pero, ¿es en verdad un fenómeno exclusivo del género masculino? La respuesta –me atrevo a compartirles- es NO.
Las personas machistas pueden ser hombres o mujeres y no nacen, se hacen. De ahí el término ‘feminichismo’, el cual se refiere a la actitud cómplice de la mujer con el sistema patriarcal que muchas veces promueve, no obstante, la oprime.
En nuestra sociedad, como en muchas otras en Latinoamérica, la cultura machista ha sido institucionalizada no solo por los padres, sino también por las madres, y no es de extrañarse que las ‘machistas con vestidos y tacones’, habiendo asumido desde niñas esta forma de desigualdad hacia la mujer, la validen constantemente. ¿Cuántas veces escuchamos a una mujer hablar con desprecio e incluso, dañar con chismes la reputación de otra mujer debido a su éxito laboral? De la misma forma, la mujer ‘distinta’, ya sea por su forma de vestir, de pensar o de relacionarse es excluida por las ‘normales’; aquellas que, en su temor por no pertenecer, dejan a un lado sus propias metas y objetivos para convertirse en lo que su madre, padre, marido o demás mujeres esperan de ellas. Porque, aunque frustradas y resentidas, viven cómodas en ese fenómeno de las ‘Maripilis’ que creen que es más importante ser queridas que ser efectivas. Y, bajo un techo de cristal -más duro que el acero- se auto sabotean, defendiendo, ejecutando y aguantando actitudes que las minimizan.
Lo que está en juego hoy definitivamente no solo es lograr que el hombre entienda la ventaja de tener como compañera en casa o en el trabajo a una mujer sin miedo a perder, que aporte su maravilloso y único sentido de la vida, y que colabore de igual a igual hacia un objetivo común. El verdadero reto es conseguir el derecho a la equidad evitando –a toda costa- que los hombres observen que, desde el hogar, la misma madre fomenta las diferencias entre hijos e hijas.
Porque lo urgente es reemplazar un modelo competitivo sumamente nocivo en el que siempre hay uno que gana y otro que pierde, dejando fuera la colaboración; y gritarle al mundo que nosotras las mujeres tomamos consciencia de nuestras capacidades y que, por sobre todas las cosas, las valoramos, enseñándole a nuestras hijas a creerlo de verdad.