Pasión por el trabajo

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¿Vives para trabajar o trabajas para vivir? Según respondas a esta pregunta sabré de qué manera vives tu vida. Trabajar para vivir es resignarte a hacer las cosas por obligación y, sinceramente, porque no te queda de otra. Vivir para trabajar puede ser bueno o malo según cómo entendamos la frase. En un sentido negativo, el adicto al trabajo vive para trabajar, porque lo que lo conecta con sus obligaciones laborales no es la satisfacción sino la compulsión.
Sin embargo, si vives para trabajar en el sentido de hacer de tu trabajo un instrumento que te permitirá sentirte realizado e impactar positivamente en la vida de otros, podría apostar que la pasión que sientes por tu trabajo es un fiel reflejo de la pasión con la que vives la vida.
En su libro ‘La motivación intrínseca en el trabajo’, Kenneth Thomas – quien ostenta un doctorado en ciencias administrativas – explica que, tradicionalmente, los jefes se preocupaban de cómo motivar a sus empleados para que estos hicieran bien su trabajo. Este tipo de motivación surge a partir de recompensas que la persona recibe de fuentes externas, por ejemplo, salario, prestaciones y bono. El problema de la motivación externa es que, en última instancia, no garantiza que la persona vaya a dar lo mejor de sí.
Por fortuna, en el siglo XXI hemos aprendido a dirigir la mirada hacia la motivación intrínseca (la que surge a partir de un impulso interior), pues es la que verdaderamente marca la diferencia. Si sentimos nuestro trabajo como algo propio, le dedicamos nuestras mejores ideas y nos esforzamos por hacerlo de manera extraordinaria porque le concedemos un alto valor, es porque nos encontramos intrínsecamente motivados y no porque nos sintamos obligados a hacerlo.
La motivación intrínseca se sustenta en cuatro pilares: encontrarle sentido a lo que hacemos, elegir lo que queremos hacer, sentirnos competentes, y dejarnos impulsar por un sentido de logro.
Darle sentido a lo que hacemos. Thomas define este primer pilar como “la oportunidad de sentir que perseguimos un propósito lleno de significado”. Cada quién es responsable de establecer su finalidad trascendente: procurar el avance tecnológico, combatir la injusticia, crear cosas bellas o cualquiera otra cosa que nos motive.
Elegir lo que queremos hacer. Es sentir que gozamos de la libertad para optar por actividades que nos parezcan oportunas y apropiadas para cumplir nuestro
propósito. “Cuando eliges la manera en la que habrás de realizar una tarea, al rediseñarla la vuelves algo tuyo”, señala el experto.
Sentir que somos competentes. El tercer pilar es sentir que somos capaces de realizar nuestras tareas haciendo gala de una amplia habilidad y destreza. Es la convicción de alcanzar un alto nivel de calidad en nuestros estándares, por satisfacción propia y en pro del beneficio de otros. Un médico cirujano, por ejemplo, no solo sentirá el orgullo de echar mano (literalmente) de su experiencia y talento al intervenir quirúrgicamente a sus pacientes, sino que logrará también salvar incontables vidas en el proceso.
Dejarnos impulsar por un sentido de logro. Es sentir la satisfacción de que avanzamos por el rumbo elegido hacia el objetivo que nos hemos propuesto. Y, una vez llegados a la meta, no hay nada mejor que celebrar su exitosa consecución, en compañía de nuestro equipo de trabajo.