Sobre advertencia…

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“Inventa lege, inventa fraude”: latín; hecha la ley, hecho el fraude… ¿mexicano? Como un cáncer avanzado que se extiende más y más, la cultura de la trampa acompaña también el camino electoral de nuestro país. Este lunes -de frente, sin pena, a todo color y desde las instituciones- fuimos testigos de la más pura manifestación de la tranza con el aval del registro –dispensa- de Jaime Rodríguez, ‘el Bronco’, para figurar como candidato presidencial independiente en las boletas del 1 de julio.
Ya sea porque el INE, en su infinita ineptitud, pasó por alto la validación cualitativa de las firmas, o por la enorme ‘manga ancha’ del Pleno del TEPJF, el hecho es que la flagrancia es contundente: 810 mil 995 firmas no fueron encontradas en la lista nominal, 397 mil apócrifas, 205 mil 721 en fotocopias, 158 mil 532 simulaciones y 23 mil 644 fueron documentos no válidos.
Pero nada de esto fue suficiente para negarle la candidatura al ‘Bronco’ quien, así y todo, se aventó la puntada de calificar de “travesura” el hecho que hoy lo define como un personaje más de los muchos oscuros que operan en nuestro país. La única y gran diferencia entre él y los demás es que la oscuridad está peleada a muerte con lo que millones de personas deseamos, necesitamos y exigimos del próximo presidente de este país. Porque lo que está en juego no es poca cosa: nada menos que el futuro político, económico y social de México.
Esta semana, la sola idea de verlo aparecer en las boletas revuelve el estómago de muchos mexicanos –me incluyo-, porque su presencia es la prueba de lo que nos mereceremos si continuamos jugando sumisos al papel de ‘carne para los leones’ y no hacemos nada. Hemos vivido por tanto tiempo ahogados en la cultura de la trampa –la legal y la ilegal, la que sirva-, que la permisividad se ha convertido en nuestra peor patología.
Si escuchar sus descaradas disculpas que señalan como culpables a sus auxiliares –¡por Dios!-, a quienes increíblemente dice no conocer, no nos hace abrir los ojos como sociedad que se respeta a sí misma, entonces lo que venga después de las elecciones no deberá sorprendernos. Por algo dicen que la corrupción, en cualquier de sus manifestaciones, suele darse por un desplazamiento de la responsabilidad, y de convertirnos en los responsables de nuestro propio naufragio, no nos vamos a salvar.
Y si nuestro futuro tampoco nos mueve porque en verdad creemos que este noble país aguanta otro sexenio de abusos y trampas, que nos mueva la vergüenza de ser conocidos como el país que, en consciencia, avaló la candidatura de quien dio a conocer su naturaleza indecente y, aun así, se le dio la oportunidad de competir para el cargo más importante en nuestro país.