¡Un verdadero infierno!

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No he podido dejar de pensar en Zyanya Estefanía Figueroa, la residente del Hospital para el Niño Poblano que la semana pasada se suicidó. “Soy un fracaso”, escribió en la carta póstuma dirigida a sus padres.
Y no, es imposible que haya sido un fracaso, porque en este país para que un joven realice su sueño de convertirse en médico debe padecer un verdadero viacrucis; y ella, ya había sorteado gran parte del tortuoso camino… eso la hacía una triunfadora.
El calvario para estos estudiantes inicia desde el momento en que intentan ingresar a una facultad a la que aspiran miles de estudiantes y en donde solo unos cuantos lo logran. Muchos de ellos no cejan en el intento, y presentan exámenes de admisión en diversas ocasiones… lo cual les puede llevar varios años.
Una vez dentro, les esperan jornadas de estudio interminables, agotadoras. Sus vidas difícilmente transcurren como las del resto de los universitarios: entre las clases, los amigos y la diversión los fines de semana; porque simplemente ¡no hay tiempo para eso!
Luego vienen el internado y el servicio social, en donde lo que hasta ese momento han sufrido es ‘pecata minuta’; ya que comienzan a experimentar jornadas de trabajo excesivas -y en muchos casos inhumanas- en comunidades lejanas, con altos índices de violencia y pobreza.
Ahí se enfrentan cara a cara con la triste realidad de la seguridad social en México: mujeres que dan a luz en las salas de espera (y hasta en la calle); falta de medicamentos; pacientes que deben esperar -incluso años- para ser intervenidos; escasez hasta de lo más elemental, como guantes quirúrgicos… Entonces, deben comenzar a demostrar de qué están hechos…
Tristemente, el superar estas etapas no les asegura llegar a la meta. Aún tienen frente a sí retos con más grado de dificultad, como el Examen Nacional para Aspirantes a Residencias Médicas, el famoso ‘ENARM’; en el que hasta para inscribirse, los aspirantes que comenzaron a prepararse años atrás, viven un tormento.
Según reportes, en 2016 -por ejemplo- presentaron el examen 34 mil 874 jóvenes, de los cuales únicamente pudieron acceder a la residencia médica 7 mil 772. Muchos de los que no logran aprobar lo intentan por años…
Y los que tuvieron la fortuna de pasarlo, experimentarán lo que es entrar a una guardia por la madrugada y salir al día siguiente tras haber laborado más de 24 horas, sin haber dormido… casi sin comer; entre decenas de pacientes que no dejan de ingresar a los hospitales, -pacientes a los que logran salvar la vida y pacientes que mueren ante sus ojos- y tener que quedarse a hacer una postguardia de más de 12 horas.
Lo más grave, es que al impacto emocional que necesariamente deja en estos jóvenes médicos todo esto, hay que sumar un entorno en el que para enseñar, el de arriba pisotea la dignidad del de abajo… haciéndolo sentir que no sabe nada y que no vale nada.
“… ni yo misma confiaba en mí y ni se imaginan el pánico que sentía al estar frente a un paciente. Soy un fracaso. Y ya no le encuentro ningún sentido a mi vida, simplemente siento que la vida no es para mí y me da miedo seguir”, escribió también Zyanya Estefanía, cuyo cuerpo fue encontrado colgado de un tubo en el baño de su departamento; en donde también había un cuchillo, jeringas y tijeras ensangrentadas, según la información publicada por medios locales.
Un verdadero infierno es el que viven miles de héroes y heroínas anónimos que deciden consagrar su vida a cuidar la salud de sus semejantes. ¡Mis respetos a Zyanya Estefanía, donde quiera que se encuentre; y bendiciones a todos aquellos que cubren en este momento una guardia en un hospital, entre ellos, a mi hija, María Fernanda!

P.D. “Mamá y papá: Perdónenme!! Quiero que entiendan que ustedes no tuvieron la culpa de nada, al contrario… Les agradezco por apoyarme y aguantarme tanto. Ustedes eran mi único motivo para seguir adelante pero hoy ya no tengo las fuerzas para seguir, ya no sé estar aquí, estoy cansada de vivir y fingir que estoy bien, lamento no haber sido lo que ustedes merecían”, Zyanya Estefanía.