‘Pejezombies’, ‘canallines’ y otras lindezas (I de III)

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Hemos sido testigos de cómo los usuarios de las redes sociales se expresan de manera cada vez más visceral y vitriólica en contra de aquellos que no comparten sus puntos de vista en el terreno político. Pegados al megáfono cibernético, se cobijan en la injuria y el insulto en el fútil intento de disimular su evidente incapacidad para articular sus convicciones de manera coherente y razonada.
¿En qué momento la agresividad ‘online’ se convirtió en el deporte de moda? Lo ignoro. Lo que sí sé es que los políticos pusieron el mal ejemplo al recurrir a los chistoretes y al pastelazo en su patético intento de atraer la atención de los votantes. El comportamiento procaz y pueril de los candidatos presidenciales en los debates es la mejor prueba de ello.
Tanto en las redes sociales como en los foros de campaña los calificativos humillantes son lanzados en todas direcciones, a manera de venenosos dardos. Llevan la intención de herir y lastimar en vez de convocar y convencer.
Por un lado, a los simpatizantes del candidato presidencial de Morena se les rebaja al estatus de aborrecibles muertos vivientes (‘pejezombies’) y a la menor provocación se les endilga el epíteto de ‘chairos’. Tan extendido se ha vuelto el uso de este último vocablo, que el Colegio de México ya lo incorporó a su Diccionario del español de México: “s. y adj. (Ofensivo) Persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes”.
Las cosas en el otro lado del espectro político no son diferentes. Socarronamente, al candidato de la coalición ‘Por México al Frente’ se le asocia con un enclenque personaje de dibujos animados (Chicken Little), y trascendió ya a la opinión pública el apelativo con el que se le conoce de tiempo atrás en tierras queretanas (‘El Cerillo’). Ni tardos ni perezosos, sus enemigos han capitalizado las circunstancias. “Lo que toca Anaya lo incendia, por eso le dicen El Cerillo”, zahiere el expanista Ernesto Cordero, extrañamente subido al desvencijado carro del maltrecho tricolor. Atribuyéndole aviesas intenciones, también se estigmatiza al líder panista al deformar su apellido y, de manera oportunista, su némesis lo rebautiza como ‘Ricky Riquín Canallín’.
Ejemplos como los anteriores son muestra de una de las técnicas de propaganda política más devastadoras: el insulto y difamación del adversario.
Y del ‘Bronco’, ni hablar. Ramón Alberto Garza, mi maestro de periodismo, lo describe con tino como ‘el bufón de la elección’ en su colaboración de ayer en Reporte Índigo. El candidato independiente, quien languidece tras la renovada acusación del INE por recolección ilegal de firmas y presunto lavado de dinero, se ha ganado el escarnio de todos. “Al Bronco le reparó el caballo. Y está a punto de mandarlo al suelo, porque se sintió jinete presidencial cuando apenas era el payaso comparsa del rodeo electoral”, apunta con implacable ironía el maestro.