Un sufrimiento diferente

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El perder a un ser querido, ya sea por fallecimiento, abandono o desaparición, conlleva un sufrimiento normal y natural. Este sentimiento parece ser universal y está presente a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, su manifestación es tan variada como son las formas de ser de cada persona y su entorno cultural. El tiempo y la manera que le lleva a una persona superar el sufrimiento lo conocemos como duelo, y a los estudiosos y profesionales de facilitar este proceso les llamamos tanatólogos.
Para hacer la función de tanatólogo se requiere haberse formado previamente en una disciplina científica, pues conlleva aprender teoría y metodología para formarse en la intervención, ya sea educativa, clínica o de investigación. Quien no tenga esta formación, su ayuda será desde el sentido común, del amor al otro y desde una posición de superioridad y de lástima ante el sufriente. Esto no siempre ayuda y sí, muchas veces, genera daños afectivos al doliente y la prolongación del sufrimiento.
Actualmente existen terapias para el duelo que han ido evolucionando en función de las circunstancias de la pérdida y del tipo de sufrimiento de las personas. En un principio era sostener el dolor que la persona sentía por la muerte de su familiar, hasta lograr superarlo con el tiempo, a veces corto, a veces prolongado. Después se encontró que había emociones encontradas en el doliente que no podía superar, pues la pena era ambivalente; al tiempo que no se aceptaba su muerte, se deseaba que así sucediera, o bien, se sentía tristeza, coraje y rencor por quien ya no estaría presente. Así, la muerte tendría múltiples significados para los sobrevivientes.
Posteriormente, asumiendo el sufrimiento en el duelo, se deseaba salir o terminar pronto con él, pues generaba inconvenientes a la vida cotidiana de la persona, y ello hizo necesario recurrir a otros modelos terapéuticos. Se pasó entonces, al propósito de aprender a controlar emociones, pensamientos y conductas que se enfocaban a la persona ausente y a desarrollar habilidades para reintegrarse al equilibrio emocional. No se trata, y nunca se ha planteado, que resuelto el duelo las personas se olviden de su ser querido, sino que se le recuerde de manera sutil pero amorosa, revalorando lo importante que fue su compañía y presencia en la vida terrenal.
Recientemente ha surgido la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ofreciendo mayor flexibilidad psicológica para aceptar la realidad de lo sucedido, decidir cómo manejar las emociones dolorosas y comprometiéndose para actuar con las habilidades aprendidas. El objetivo es el mismo: recolocar la pérdida en nuestro mundo interno y volver a disfrutar el continuo de nuestra vida.
Bajo las condiciones de muerte en la actualidad, provocada por la violencia, el cáncer, los accidentes mortales y desapariciones eternas, el Duelo es un factor que lastima nuestra salud mental. Los dolientes no son solo los familiares cercanos, sino también las amistades y la sociedad en su conjunto. Tomemos en cuenta de cuanto nos duelen las muertes que conocemos y permitamos que los que la necesiten, acudan a una ayuda verdaderamente profesional.

Aprovecho para agradecer su preferencia. El saber de-mente cumple, con esta colaboración, un año de publicarse en Códigoqro.