‘Pejezombies’, ‘canallines’ y otras lindezas (II de III)

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“Es imposible razonar con un ‘pejezombie’. Lo mejor es sacarles la vuelta”, reza el llamado ‘Manual para Identificar Pejezombies’, obra de unos blogueros. Como apuntaba en la entrega anterior, el insulto y la difamación del adversario es una de las tácticas más comúnmente utilizadas en tiempos de campañas políticas. Y esto no lo afirmo yo; lo dice el Instituto de Análisis de Propaganda de Estados Unidos.
Sin embargo, una cosa es descalificar al oponente y otra muy diferente es incitar a la violencia. En febrero fue lanzado ‘Pejezombies VR’, un videojuego promovido de la siguiente manera: “Mata todos los pejezombies que puedas… tienes un arma que dispara de manera automática”. Como era de esperarse, fue prontamente retirado del mercado por incentivar al odio. Más recientemente, el periodista Ricardo Alemán mereció el repudio de la opinión pública por difundir un tuit francamente perverso: “A John Lennon lo mató un fan. A Versace lo mató un fan. A Selena la mató un fan. A ver a qué hora, chairos”.
AMLO vs. La Mafia del Poder, otro videojuego, es menos virulento, pero igualmente perturbador. Representa al líder de Morena en forma de dibujo animado. Blandiendo un arma de alto poder en forma de mazorca de maíz, dispara a diestra y siniestra a una legión de copetudos malosos. Como era de esperarse, quienes lo juegan han pedido que se le agregue ‘Ricky Riquín Canallín’ como villano.
Marshall Rosenberg, un teórico de la comunicación, explica que nuestra manera de pensar y hablar es poco compasiva, pues tiende a reproducir los esquemas de violencia social, psicológica y física presentes en la realidad. “La violencia proviene de la manera en que somos educados –plantea el pensador–, pero no forma parte de nuestra naturaleza”. Dado que se nos enseña que la violencia es cosa de diversión a costa de los demás, nos alejamos de nuestra esencia, que es la compasión.
Como resultado de la violencia verbal, nos sentimos con derecho a juzgar al otro por medio de insultos y desprecio: “¡Canallita tenías que ser!” En vez de canalizar nuestra energía para darle sentido a la opinión divergente, la gastamos en etiquetar a quien la manifiesta. Éste, a su vez se pondrá a la defensiva aunque no fuese su intención original hacerlo.
Tristemente, respondemos pues a la torcida lógica de ‘si no estás conmigo, estás contra mí’. Dado que no eres capaz de reconocer lo que resulta evidente para mí, mereces el desprecio generalizado: “Por eso estamos como estamos; tú y todos los de tu calaña son iguales”. Echamos así por la borda una magnífica oportunidad para procurar el diálogo.
El primer paso para salir del atolladero es lo que Rosenberg, un teórico de la comunicación, llama ‘observar sin juzgar’. En vez de justificarnos diciendo “¿Y yo qué culpa tengo de que Sebastián anduviera ayer de malas?” (opinión subjetiva), será más constructivo puntualizar “Noté que Sebastián andaba enojado ayer y desconozco la razón” (observación basada en los hechos). Y en vez de “¡A ustedes los chairos el Peje les lavó el cerebro!” (opinión), es mejor matizar con un “Lo que dices me suena a lo que diría López Obrador; lo que yo quiero saber es lo que tú piensas” (observación fundamentada en hechos).