‘Pejezombies’, ‘canallines’ y otras lindezas (III de III)

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“¡Anaya, Anaya, Anaya!” Recibían así sus simpatizantes al candidato de la coalición ‘Por México al Frente’ a su llegada al aeropuerto de Cancún, en una escala de su gira en abril pasado. A manera de provocación, otro grupo, conformado por partidarios del candidato de Morena, les respondió con un “¡Canalla, canalla, canalla! ¡Arriba ‘El Peje’!”
Escenas así de bochornosas se han repetido de diversas maneras en el trajín de la presente campaña electoral. Si bien es inevitable que los ánimos lleguen a caldearse, la violencia verbal siempre será indefendible.
Sin embargo, el grueso de la agresión verbal se ha dado a través de las redes sociales, en las que el vituperio se manifiesta con lindezas lingüísticas como: ‘PRIAN’, ‘AMLOVERS’, ‘Morenacos’ o ‘Chairistegui’.
Los expresidentes no son la excepción. Felipe Calderón se expresó así en uno de sus tuits: “Ya serénense pejechairos… están nerviosos y agresivos, más que de costumbre”. A lo que un tuitero le reprendió: “Bajísimo, ¿no te da vergüenza”. Y un Vicente Fox abiertamente pendenciero se dirigió así a los seguidores de López Obrador: “Hey perrada twitera de lopitos, probemos si pueden responder sus tonterías más rápido”. Ante este exabrupto, un ciberusuario acotó: “Esta es la estatura de quien fue jefe de estado”. Años atrás, Fox se había encargado de arruinar la carrera política de Francisco Labastida Ochoa, llamándolo una y otra vez ‘La Vestida’ en la campaña presidencial del 2000, en la que ambos fueron contendientes.
Como comunicólogo puedo afirmar que la fanfarronería es una de las formas menos efectivas de transmitir ideas. Lo que debemos procurar es un término medio entre la honestidad y la empatía. Ser honestos es enfocarse en las necesidades propias, mientras que mostrarse empático es priorizar las necesidades de los demás.
Cuando somos brutalmente honestos, expresamos nuestros sentimientos e ideas de manera tan directa que corremos el riesgo de herir la sensibilidad de otros. En el extremo contrario, cuando nos mostramos desmesuradamente empáticos anteponemos el bienestar de los demás al propio, lo que nos lleva a ignorar e inclusive traicionar nuestras propias necesidades.
El término medio del que hablo es el diálogo, cuyo objetivo es la creación conjunta de significados: al tiempo que me abro a que tu perspectiva, tú ves enriquecida la tuya con la mía. Un buen diálogo posibilita nuevas acciones y cuando es honesto a la vez que empático posibilita la transformación y el cambio.
Lo que tenemos pues que hacer en momentos como el que vivimos, señalados por la ofuscación y el vituperio, es buscar el ganar-ganar con una meta común: un México mejor. Y, haciendo uso de nuestra buena voluntad y civismo, evitar el ‘yo gano, tú pierdes’ pues al sabotearnos uno al otro perdemos la posibilidad de un cambio en beneficio de todos.
En conclusión, deberíamos dialogar más y discutir menos. Como apunta Nancy Dixon en su libro ‘Perspectivas sobre el diálogo’, el diálogo tiene que ver menos con las palabras que utilizamos que con la calidad de la relación que nos permite construir.