Mochar manos, orejas y otros suplicios

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Daniel tomó de la mesa unas tijeras, se dirigió a su víctima y sin decir agua va le cortó una oreja. Acto seguido, procedió a cauterizar la herida con una estopa en fuego sobre el área afectada. Después, envió a la esposa del secuestrado una nota de rescate. La nota, fechada en febrero de 1996, iba acompañada del pabellón auricular correspondiente.
Daniel Arizmendi López, un criminal conocido como ‘El Mochaorejas’ por su habitual modo de operar, se encuentra recluido en el penal federal de Puente Grande, en Jalisco. Fue condenado a 393 años de prisión por los delitos de secuestro, homicidio y delincuencia organizada.
En 2018, Jaime Rodríguez Calderón, no sé si inspirado en ‘El Mochaorejas’ o en suplicios medievales, ha decidido que resultaría aún más cruento cercenar la mano entera. No de vulgares ladrones ni de sus infortunadas víctimas, sino de todo aquel funcionario público involucrado en casos de corrupción (¿querrá acaso convertirse en su propio verdugo?).
Con su torcida lógica, ‘El Bronco’ preguntó en una conferencia de prensa: “¿Qué prefieren ustedes, un corrupto en la cárcel, un corrupto en la calle o un corrupto sin mano?” Así se justificó: “En la cárcel nos cuesta y siempre evaden regresar el dinero a los propios mexicanos”. Habría que reformar primero el artículo 22 de la Constitución Mexicana, que prohíbe, entre otras cosas, la pena de muerte y la mutilación.
La prensa sensacionalista habla ya de una ‘Ley mocha manos’ en caso de que el indomable neoleonés llegase a la presidencia, una posibilidad prácticamente nula para tranquilidad de todos. O, por lo menos, para tranquilidad de aquellos de nosotros que creemos que la barbarie sancionada por la ley no es sino una burda y oportunista venganza.
Michel Foucault, el célebre filósofo francés, diría algo parecido. En su libro ‘Vigilar y castigar’, de manera contundente afirma que una ley centrada en el castigo y no en un afán de justicia es tan sanguinaria como el acto barbárico que dice sancionar.
Aquella ley que tenga como fin el castigo corporal no pasa de ser, de acuerdo con el pensador galo, “un ritual organizado para la marcación de las víctimas y la manifestación del poder que castiga”. Esto sin mencionar que semejante tipo de legislación era propia del oscurantismo, cuando los soberanos europeos se aferraban al poder monárquico de una manera particularmente primitiva y cruenta. Si bien, ‘Game of Thrones’ es una serie de ficción, las pugnas entre los monarcas de los siete reinos que la conforman están inspiradas en el salvajismo del medioevo.
Para darte una idea, una ordenanza judicial emitida en 1670 en Francia estipulaba que a los criminales se les podía cortar la mano o la lengua. Aquellos acusados de delitos más graves eran susceptibles de (cito textualmente) “ser estrangulados y después descoyuntados, otros a ser quemados vivos, otros a ser quemados tras de haber sido previamente estrangulados y otros a ser desmembrados por cuatro caballos”.
Y es que, señor ‘Bronco’, si empezamos por una oreja y nos seguimos con la mano, serán pocos los suplicios del infierno comparados con la caja judicial de Pandora que en mala hora se le ocurrió a usted querer abrir.