Ganamos. Ganamos. Perdimos. ¡Avanzamos!

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Ganamos. Ganamos. Perdimos. Avanzamos a la siguiente ronda. Sufriendo, disfrutando, padeciendo, celebrando. Gracias a Corea del Sur seguimos trepados en esa montaña rusa llamada futbol. Esa montaña que es más rusa y mexicana que nunca y que mantiene viva la sempiterna ilusión del quinto partido.
¿Qué tiene el futbol que nos atrapa y que emocionalmente nos secuestra? ¿De qué está hecha esa pócima que nos mantiene apoltronados frente a la pantalla? La mente racional, que se negaba a ingerir ese extraño brebaje, acaba sucumbiendo. Sí, el futbol es pan y circo. Sí, es el comercialismo rampante que nos impulsa a disputarnos las estampitas del Panini. Pero es también esperanza y fantasía.
Es lo mismo que jugar a la lotería. Sabes que bien podrías gastar tu dinero en otra cosa, pero la ilusión de sacarte el ‘gordo’ nadie te la quita. El futbol puede darse el lujo de meterse hasta la cocina de nuestro atormentado ser porque lleva la etiqueta de simple diversión y juego. ¿Quién en su sano juicio podría tomarlo demasiado en serio?
El carnaval brasileño es locura, ritmo y batucada. No en balde el Mundial pasado tuvo como escenario esa nación carioca. Y tampoco es casual que asociemos al Mundial de Sudáfrica con las estridentes vuvuzelas, enfadosas, pero contagiosas. Futbol y carnaval son pues primos hermanos, por tratarse de fiestas paganas. El carnaval surgió en Europa en honor de Baco, el dios del vino, como un ritual que iniciaba con el sacrificio de una cabra. El Mundial es un ritual de consagración del balón oficiado por silbantes.
Sirve también de refugio momentáneo a las masas pamboleras, conformadas por obreros, estudiantes y ‘godines’, pero también por señoras de sociedad, potentados y ‘mirreyes’. En la frágil conjunción de un partido del Tri, todos coreamos el gol al unísono.
Esto no lo entienden los intelectuales. Ortega y Gasset le temía a la masa porque decía que esta se deja llevar irracionalmente por sus apetitos y “no le mueve a limitarse en ningún sentido”, pues carece de contención alguna. Jorge Luis Borges, ese genial argentino atípico, odiaba el futbol. En una entrevista lo describió como “un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial… es estéticamente horrible… absurdo, pueril… me parece ridículo”. Posiblemente el balompié sea todo lo anterior y más, pero abordarlo desde la estrechez de la lógica me parece desacertado.
Lo comprende mejor Alberto Meneses, un colega catedrático de la Universidad del Mar en Huatulco. En un ensayo lo describe como un “éxtasis colectivo… donde unos gritan, se abrazan, desgarran sus gargantas, y los colores de las banderas se despliegan en el estadio, los bares o las casas”. Argumenta que el deporte de las patadas va más allá del espectáculo, por el drama que éste conlleva: mientras unos gritan y tiemblan de felicidad, otros callan o lloran nerviosos por la afrenta del gol recibido.
Démosle pues su lugar a la locura temporal que representa el Mundial de Rusia. Si nos ayuda a olvidarnos fugazmente de la corrupción, la desigualdad social y la violencia, bienvenido. Si ya estamos trepados en la montaña rusa, sufrámosla y disfrutémosla. Usufructuemos el pagano derecho a “vivir la intensidad del futbol”, por trivial, alienante y mundano que sea.