Ni estamos agachados ni somos agachones

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Ni estamos agachados ni somos agachones. Llevados al extremo, los mexicanos despertamos con fuerza. Y vaya de qué manera. Tsunami o no, la ola morenista ha sido exitosa en la medida en que ha logrado cristalizar el hartazgo de la gente con la prepotencia, los abusos y la impunidad de un sistema político en connivencia con empresarios a modo y el crimen organizado.
El error de aquellos que quisieron asustar a la gente con el petate del muerto (‘López Obrador es un peligro para México’) fue que, al querer desacreditar al candidato incómodo, lo acabaron fortaleciendo. No cayeron en la cuenta de que el dedo acusador debía apuntarse en contra del lobo (los oportunistas de siempre apoltronados en sus privilegios) y no en contra de aquellos que pretendían llevar a buen recaudo el redil.
Nada garantiza que el golpe de timón nos lleve a puerto seguro, pero de que había qué darlo no hay duda. El que efectivamente lleguemos al lugar anhelado es responsabilidad compartida. A López Obrador y a su equipo corresponde hacer su parte, y a nosotros los ciudadanos la nuestra. Si cambias de entrenador, es menester que los jugadores también le entren al quite.
Decir que no estamos agachados es un pequeño homenaje de mi parte a ese genial caricaturista y activista social que fue Eduardo del Río; el genial ‘Rius’, fallecido el año pasado. Que su memorable historieta ‘Los agachados’ apareciera en 1968 no fue una casualidad. Para mí fue su manera de decirle a Díaz Ordaz y Echeverría, artífices de la masacre estudiantil: “Si lo que quieren es un pueblo de agachados, no lo tendrán”.
Refiriéndose a sus propias historietas, entre las que destaca también ‘Los supermachos’, ‘Rius’ estimaba que había demostrado que “el lenguaje de los monitos es perfectamente compatible con una crítica política no panfletaria que en vez de embrutecer al lector apela a su inteligencia y lo obliga a reflexionar”.
Lorenzo Meyer, el ilustre historiador y pensador, afirmaba recientemente que el triunfo de Morena le hizo recordar la grandeza del México profundo y no podría estar de más acuerdo con él. Guillermo Bonfil Batalla, el antropólogo que acuñó el término en su libro del mismo nombre, describió al México profundo como “una gran diversidad de pueblos, comunidades y sectores sociales que constituyen la mayoría de la población del país”.
El México profundo es el México indígena, quien ahora se hace acompañar del mestizo. Sometido por los españoles, nunca agachó la cabeza. “Los pueblos del México profundo –apunta Bonfil- crean y recrean continuamente su cultura, la ajustan a las presiones cambiantes… callan o se rebelan, según una estrategia afinada por siglos de resistencia”. En el siglo XXI, el enemigo natural del México profundo no son ya los españoles sino el neoliberalismo, empeñado en imponer un proyecto de nación que pretende colocar en unas cuantas manos el patrimonio que pertenece a todos los mexicanos.
La historia futura bien podría señalar al 2018 como la rebelión del México profundo. Es el México tantas veces menospreciado e ignorado que, haciéndose eco de ‘Rius’, ha proclamado con su voto: “Si lo que quieren es un pueblo de agachados, no lo tendrán”.