Para una vida mejor, mejores preguntas (I de II)

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Hazle buenas preguntas a aquella o aquel con quien hablas. No hay más; esa es la llave de una conversación exitosa. Ese es el gran secreto; lo que le da sabor al caldo. Una vez que te he revelado la fórmula, viene el reto mayor: ¿cómo hacer buenas preguntas? Los comunicólogos, a menudo cuestionados y vilipendiados, algo sabemos del asunto.
No te culpo si lo que te acabo de decir te resulta simplista. Tal vez lo parezca, pero no lo es. En un artículo reciente, intitulado ‘El sorpresivo poder de las preguntas’, dos profesoras universitarias abordan el tema en la revista Harvard Business Review. Y lo primero que nos dicen es que una buena pregunta va más allá de un intercambio puntual de información. Lo que marca la diferencia no solo es lo que preguntas sino la manera en que lo preguntas.
Alison Wood y Leslie John, autoras del referido artículo, aconsejan: “El primer paso que debe seguir el buen preguntador es simple: preguntar mucho. La mera cantidad de preguntas no es, por supuesto, el único factor que influye en la calidad de una conversación: el tipo de pregunta, el tono de voz y cómo se plantea son también importantes”.
Como podemos ver, una conversación va más allá de un toma y daca verbal. Wood y John la describen como una danza cuyos ejecutantes entran en sintonía. Podrán estar o no de acuerdo entre sí, eso no importa; lo principal es que estén dispuestos a fluir con el punto de vista del otro, para llevarse un plus de dicho encuentro. Conversar no es restar, es sumar.
Las preguntas oportunas o pertinentes impulsan y estimulan el intercambio de ideas. Son una manera de decirle a aquella o aquel a quien escuchamos que nos interesa lo que nos comparte y que es alguien a quien valoramos. Si marcamos este tono positivo desde el principio, impactaremos positivamente la relación que cultivamos con esa persona, trátese de un ser querido, un amigo, un compañero de trabajo, el vecino francamente latoso o nuestro médico de cabecera. Si la relación es buena, mejorará; y si no lo es, se abre la posibilidad de mejorarla.
Erróneamente solemos pensar que escuchar bien es quedarse como estatua de palo mientras el otro habla. El problema cuando hacemos esto es que realmente no lo estamos escuchando, sino más bien pensando en lo que le vamos a decir cuando termine de hablar. Por eso en mis talleres de comunicación siempre insisto que la mejor manera de escuchar es preguntar.
Recapitulando: Para demostrar que le pusiste atención a quien te habla, antes de decirle lo que tú piensas le harás primero una pregunta para lograr una mejor comprensión de lo que recién te compartió. Por ejemplo: “Déjame ver si te entendí bien, ¿lo que me estás diciendo es que preferirías haberte ido al Mundial a Rusia en vez de posponer tus vacaciones?”… “Dime, ¿cómo te sentiste cuando Carmina te dijo que le decepcionaba no sentirse apoyada por ti?”… “¿Crees que la siguiente vez optarías por otra alternativa o harías exactamente lo mismo?”
Las buenas preguntas, como hemos visto, son el secreto de una conversación exitosa. En la segunda parte de este artículo expondré de qué otras maneras éstas nos abren las puertas para cultivar mejores relaciones y aspirar a una mejor calidad de vida.