“Cortando cabezas”

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El paraje era oscuro en la Ciénega cuando Hidra, el monstruo de aguas turbias, parecía vencida. El pueblo armado con espadas, antorchas y agotado por la lucha creyó haber quemado la última de sus cabezas; esos apéndices malignos de corrupción y abusos, que cada vez que eran cortadas, se regeneraban doblemente.
Pero, pobre gente. ¡Ilusión, pura ilusión! El engendro, que alguna vez sedujo con su siniestra figura tanto a aduladores como a detractores, renació de lo que parecía ser una muerte segura. Se les olvidó considerar que nadie tiene tanto poder por sí solo, y que cuando la fuerza del mal se nutre del temor de muchos, no hay flechas de fuego que chamusquen ni una, ni dos, ni mil cabezas.
Y lamiéndose las heridas, pero más convencida que nunca de que la impunidad es un camino seguro en estas tierras olvidadas, Hidra Gordillo salió de su escondite para reinstalarse en una de sus cuevas de lujo, triunfante ante la debilidad de quienes jamás antes se habían atrevido a desafiarla por miedo a ser aniquilados por su aliento venenoso. Un aliento que, traducido en secretos prohibidos, podría sofocar a tantos y por tantas cosas que solo ella sabe.
Desde siempre esa fue su mejor arma: generar miedo en el pantano cada seis años, para continuar por siempre como la figura intocable a la que no se le cuestionaba acerca de los tesoros robados que guardaba dentro de su guarida. No en balde su padre Tifón Salinas le asignó, desde su nacimiento, la labor de cuidadora de las puertas del inframundo.
Durante décadas, a nadie extrañó su supervivencia entre tantos reinados y por tantos años. Las nueve cabezas que renacían cada vez que alguna era cortada la mantenían viva y en control, aun cuando en ocasiones pareciera que su presencia no le era ya de utilidad a sus propios creadores. Pero cuando se gesta y alimenta a un monstruo reptileano de dientes afilados, no hay poder ni fuerza suficiente para acabar con la obscenidad y el cinismo que semejante criatura representa.
Tal vez, solo queda esperar a que aparezca Hércules para amputarle la cabeza central, pero lo dudo porque, tristemente, el agua pútrida del pantano de la política será siempre caldo fértil para otros monstruos, otras Hidras, otras Gordillos…