“Indefensión versus conservación”

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Imaginemos a 40 niños de 10 años en un salón de clases cuyo maestro –alcoholizado- azota arbitrariamente a quienes, a su muy distorsionado parecer, no cumplen con sus órdenes. Día tras día y mes tras mes suceden las mismas escenas; el tirano aparece cada mañana para aterrorizar al grupo de pequeñitos, quienes temen cada vez más por su integridad. El aula, que tendría que ser un espacio seguro y de crecimiento, se ha convertido en un lugar sin justicia, en el cual su voz no cuenta ni con sus padres, que no escuchan, ni con el director de la escuela, quien permite que los maestros cometan atrocidades por no contar con el personal suficiente.

De pronto, como ratones acorralados, emerge entre ellos esa reacción física que, aunada a la mental, se convierte en defensa y se llama instinto de conservación. Seguros ya de que justicia que tarda tanto no es justicia, esperan una mañana detrás de la puerta al culpable de su eterna angustia, y con reglas, campases, plumas y lápices, se abalanzan contra él para clavarle toda su impotencia, hasta que el villano cae abatido, sin aliento y, finalmente, sin vida. Sin embargo, una vez que vuelven a la cordura, se dan cuenta de que quien entró ese día, a la misma hora que siempre entraba al salón de clases de su verdugo, no era el maestro, sino el pobre mozo de limpieza: un amable y bonachón hombre que regalaba dulces de sus bolsas a los niños de la escuela…

Y así es como comienza la inevitable descomposición de una sociedad hacia la barbarie, siendo esto apenas una triste alegoría de lo que sucede cuando una comunidad que ha sido víctima constante de la inseguridad, se percata de que, quien debiera cumplir con la responsabilidad que se le ha conferido para defenderla, deja de hacerlo.

Porque no hay nada más peligroso que darse cuenta de que las normas que antes contenían ya no existen como tales, y que –como es lógico- no es una obligación cumplir con ellas. Que existe otra manera de adoptar nuestra defensa para preservar nuestra vida, incluso antes de que se concrete otro ataque: sin investigación, sin pruebas o sin juicios justos. En resumen, que ante un enorme vacío de autoridad, es viable convertirse en juez y verdugo para hacer justicia por mano propia.

No hay que ser genios para adivinar que, ante un modelo de justicia ineficiente e insuficiente, la consecuencia es la ingobernabilidad en la cual el motor es la impotencia, la gasolina es la impunidad y el resultado… violencia sobre violencia. Y de continuar abriendo más espacios para la incertidumbre en México, veremos irse por el escusado siglos de construcción de un sistema penal, quedando la administración de la justicia en manos de un pueblo temeroso y paranoico que ejecuta instintivamente y lincha -sin temblarle la mano- para no caer en la indefensión. Porque en la escuela, en la calle o en cualquier espacio, los seres humanos requerimos convivir en un Estado de derecho bien dibujado y consistente para evitar caer en formas primitivas para lidiar con los conflictos.

De no ser así, cualquier día, al pasar por algún pueblo como Acatlán de Osorio, podrían confundirte a ti o a mí, simplemente por estar en el lugar y a la hora equivocados.