Publicar o no publicar… He ahí el dilema

Primero vino la advertencia: “The New York Times tomó la decisión inusual de publicar una columna de opinión anónima. Lo hicimos así a petición del autor, un funcionario de alto rango en el gobierno de Donald Trump, cuya identidad conocemos y cuyo empleo estaría en riesgo por divulgar su nombre. Creemos que publicar este ensayo sin firma es la única manera de ofrecer una perspectiva importante a nuestros lectores”…
Enseguida fue lanzada la bomba: “Muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el cargo”.
Luego, la justificación: “La raíz del problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma de decisiones”.
Ahora, el imprescindible análisis de quienes ejercemos el periodismo: ¿Es ético recurrir a fuentes anónimas?
El propio New York Times, hace un par de años, decidió reducir el uso de este tipo de fuentes y recurrir a ellas únicamente cuando la información fuera fundamental para una noticia.
Para quien fungió como defensora del lector en el periódico español El País, Milagros Pérez Oliva, “el uso injustificado de fuentes anónimas afecta la credibilidad de la información. Y disgusta a los lectores”; sin embargo, ella misma reconoció en un artículo publicado en 2010, lo que todo periodista sabe: las fuentes anónimas son indispensables.
“De hecho, es imposible hacer buen periodismo de investigación sin tener que recurrir en ocasiones a fuentes que exigen permanecer en el anonimato. De la existencia de esas fuentes depende que los lectores puedan llegar a conocer la verdad sobre asuntos que poderosas fuerzas pretenden mantener ocultos, y protegerlas es un deber inexcusable; pues de ello puede llegar a depender incluso la vida de la fuente o de terceras personas.”, señaló.
En la entidad, a pesar de no tener aún –por falta de voluntad política- una ley que proteja a los periodistas en esta dramática realidad que se vive en el país, en materia de libertades de expresión y de prensa; sí contamos, desde el 2012, con la “Ley que establece el Secreto Profesional Periodístico en el Estado de Querétaro”.
Y… casualmente, la semana pasada, el Pleno de la Suprema Corte de Justicia declaró la validez de la protección del secreto profesional de los periodistas, en la Constitución de la Ciudad de México.
Sin embargo, es importante diferenciar, como escribió el investigador Raúl Trejo Delarbre (Etcétera, 2003): “En el periodismo, una cosa es el secreto profesional y otra, los profesionales del secreto”.
“El secreto profesional no ampara a quienes, en la prensa, tienen como interés prioritario -o consuetudinario- la publicación de filtraciones, la acreditación de rumores, la propagación de anónimos o la difusión de informaciones sin fuente claramente definida…”
Y es que –efectivamente- “Al actuar como caja de resonancia de intereses no acreditados, la prensa se somete a prioridades ajenas a su desempeño profesional”, puntualizó.
Por ello, los periodistas no debemos olvidar -si en verdad deseamos tener dignidad profesional- que nuestras guías deben ser –siempre- la devoción a la verdad y la conciencia de nuestro papel en la sociedad.