Manoseando a la democracia. Acto I.

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Llegan los espectadores a la puerta del teatro de la ciudad. Hoy la entrada es libre y pasarán a sentarse en las butacas conforme lleguen.
“Primera llamada, primera”.
Gran alboroto causó el anuncio de la obra en días pasados; más aún cuando se supo quién sería el actor protagonista de la historia: un intérprete conocido por sus mil caras e impredecibles desplantes en el escenario. Además, una pieza teatral con semejante título, “La cuarta transformación”, no podía pasar desapercibida en lo que muchos consideraron como una gran estrategia mercadológica para atraerlos.
“Segunda llamada, segunda”.
Han sido meses de mucha espera y la última obra que se presentó en aquel teatro decepcionó por lo burdo de su parecido con todas aquellas representaciones de los últimos 80 años.
“Tercera llamada, tercera”. Se sube el telón.
Aparece al fondo una figura pequeña y sombría que carga un maletín, el cual abraza como temiendo que alguien se lo arrebate en cualquier momento. Al frente, una figura ataviada con vestiduras solemnes lo observa y, alzando una mano como en señal de orden, le indica que puede retirarse. “Corre Peñarote, corre con tu botín de inmunidad, que nadie te perseguirá” exclama, a lo que el personaje contesta con una reverencia y se pierde entre telones.
De pronto, e iluminado por las intensas luces del escenario, el anciano se sienta en un trono de oro, el cual, a pesar de estar camuflado con trapos raídos, es delatado por unas patas elegantemente labradas. Y dirigiéndose al público exclama fuertemente: “¡Yo soy la Nación!”.
Se escuchan tambores.
Acto seguido, entra a escena un grupo de personajes que se adivinan como actores inexpertos y que componen el consejo del monarca.
Con voz entrecortada y dudosa dice uno: “Señor, es urgente tomar una decisión que no puede esperar pero que, de no ser aceptada por la mayoría del pueblo, podría restarle popularidad. Y su única fortaleza, gran emperador, radica en la esperanza de la gente de algo mejor”. A lo que contestó el viejo soberano, no sin antes sonreír burlonamente, “Pongan a la gente a votar sobre el asunto”.
Alarmados, los consejeros murmuraron tímidamente: “Pero, ¿será posible que permita que alguien decida por sobre su Majestad en asuntos de tal importancia?”.
“¡Estúpidos incompetentes!, gritó molesto. “Por supuesto que nadie decidirá por encima de mí. Pero, ¿qué no lo saben? Votar no es sinónimo de democracia; al pueblo hay que hacerlo sentir sabio y que ha sido tomado en cuenta, independientemente de la forma y del resultado de la votación. Porque imitar o fingir que se está realizando una acción, cuando en realidad no se está llevando a cabo, es lo que me mantendrá en el poder por mucho tiempo”.
Una exclamación ahogada se escucha. “Pero señor”, interrumpió uno de ellos, “se puede engañar con simulaciones a una parte del pueblo, pero no a todos. Habrá quien levante la voz en contra de medidas inmorales y fuera de la ley.” A lo que el soberano respondió sin vacilar: “No seré yo el enemigo de la gente jamás, porque para eso he creado al enemigo perfecto del pueblo. Aquel al que haré parecer como una amenaza, fabricando efectos de temor nacionalistas y contraponiéndolos unos contra otros. Así, sus reclamos serán interpretados como intentos por desestabilizar al reino. Y, de la misma forma que mi trono está disfrazado bajo un manto humilde, serán las mentiras y falsas interpretaciones las que mantendrán a la gente sojuzgada sin que siquiera puedan percatarse de ello”.
Intermedio, continuará…