Calma y nos amanecemos

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¿A qué ritmo te gusta que sucedan las cosas? ¿Nos lo compartes? Muy bien, te pido entonces que respondas las siguientes preguntas con un sí o un no.
1. Me voy cambiando de carril cuando el tráfico se pone lento. 2. Me desespera que no me atiendan con rapidez en un restaurante. 3. Si no contestas mi ‘WhatsApp’ con la rapidez que quisiera, de rato te mando otro. 4. Me desesperan las personas que le piensan para tomar decisiones simples. 5. En general, tener que esperar me pone de malas.
Si contestaste ‘sí’ a varias de las preguntas anteriores, bienvenido al club, pues yo mismo no me considero una persona del todo paciente. Es por ello que me esfuerzo en escuchar a maestras espirituales como Joyce Meyer, quien nos recuerda que la paciencia no solo es la habilidad de saber esperar, sino la forma en que nos comportamos mientras esperamos.
La paciencia es la virtud moral que nos permite mantenernos en calma cuando encontramos dificultades, ya que se requiere de fortaleza interior para evitar la imprudencia de los desesperados. Salman Akhtar, un reconocido psiquiatra, la describe como una “ausencia de resentimiento, la retención de la esperanza, y la capacidad de esperar tiempos mejores sin prisas ni inquietudes”, mientras que George Kunz, un profesor de psicología, la define como la capacidad de resistir los estados de angustia sin quejarnos: “Es un autosacrificio que otros inspiran en mí para que yo sufra por ellos”.
Sarah Schnitker, quien abordó en su tesis doctoral este tema, encuentra una conexión cercana entre la paciencia y la espiritualidad, pues la mayoría de las religiones consideran a la primera como una virtud. En la Biblia podemos leer, por ejemplo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad…” (Gálatas 5: 22-23). La visión de El Corán no es diferente: “La paciencia y el perdón son señal de una voluntad valerosa”. Y en lo que al taoísmo respecta, Lao Tse sentencia en el Tao te ching que los tres grandes tesoros que un ser humano puede poseer son la simplicidad, la paciencia y la compasión.
Los científicos explican esta virtud de manera menos filosófica. J. M. Ryan, autor del libro El poder de la paciencia, indica que, desde el punto de vista fisiológico, la paciencia es un proceso típico de los cerebros eficientes, cuyo sistema límbico elige no desgastarse ante las incomodidades de la vida cotidiana.
En todo caso, los investigadores médicos han encontrado que aquellos que practican la paciencia tienden a ser personas generosas, compasivas y empáticas, y son menos propensos a la depresión y otras emociones negativas.
Cierro con mi traducción de un poema de Catálogo de gratitud desvergonzada, del estadounidense Ross Gay: “Llámalo holgazanería; llámalo dejadez; / llámalo fastidio si así lo prefieres; / yo le llamaré paciencia; / le llamaré alegría…/ bostezando, me recuesto en el pasto / con el chirriar de los escarabajos…/ sí, es primavera, como te podrás dar cuenta / por las palabras que el mundo hace surgir en mi mente”.