No somos corruptos, no somos corruptos, no somos corruptos…

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Cincuenta y ocho veces pronunció Andrés Manuel López Obrador la palabra “corrupción”, en tan solo cinco ruedas de prensa de la semana pasada: ¡29 veces!, el lunes 21 de enero; cinco, el martes; siete, el miércoles; siete, el jueves; y 10, el viernes… si no me cree, puede verificarlo usted mismo en las versiones estenográficas.
¿Será la repetición de palabras e ideas, en su discurso, una estrategia de comunicación para hacer más creíble su combate a la deshonestidad en México?, o ¿es acaso una táctica de aprendizaje para ver si a fuerza de insistir en forma excesiva en lo mismo (“machaconería”, dicen los españoles) convence a los mexicanos de no hacer más travesuras?
Lo ignoro; lo que sí sé es que el predicar con el ejemplo no falla; que la coherencia (“Actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan”, según la Real Academia Española) resulta más eficaz para persuadir.
En pocas palabras, si las acciones de López Obrador fueran consistentes con su discurso, entonces –me parece- recibiría menos cuestionamientos de quienes despectivamente llama “adversarios”; categoría en la que incluye a todos los que no piensan como él, sean o no opositores políticos.
Andrés Manuel no se convierte en el símbolo de la pureza, tras justificar -ante la insistencia natural de la prensa- la compra de 671 pipas (con una inversión de ¡92 millones de dólares!, para distribuir el combustible y acabar con el huachicoleo, a través de una adjudicación directa, en lugar de una licitación), con frases como: “Se actúa con absoluta transparencia, no tengo yo la menor duda. Si se hubiese lanzado una licitación normal, hubiésemos comprado las pipas, si nos iba bien, en tres meses…”.
Sobre todo cuando -según declaraciones de la oficial mayor de Hacienda, Raquel Buenrostro- será hasta el 29 de marzo cuando tengan el total de autotanques adquiridos… los mismos tres meses que quiso evitar.
Tampoco lo convierten en un modelo de integridad, las proclamaciones como: “No tenemos problemas de conciencia, porque no somos corruptos; por eso se actúa como se hizo”, o expresiones que pretende convertir en principios innegables, frases indiscutibles o dogmas: “Yo avalo esta compra porque le tengo plena confianza a quienes fueron en esta misión a adquirir los autotanques, mujeres inteligentes y sobre todo honestas, mujeres con convicción; son tres servidoras públicas ejemplares. Nada que ver con malandrines que ocupaban cargos en otros tiempos”.
El señor presidente no pasará a la historia como el prototipo de la probidad, solo porque él lo decrete así… o porque repita un millón de veces al día que él es una figura inmaculada, cuyos actos no pueden ser puestos en tela de juicio.
La mejor forma de certificar su integridad es sometiendo su actuación al imperio de la ley; de lo contrario, solo pasará a la historia como un soberbio, intolerante y autoritario… ¡Al tiempo!