Foucault y la rebelión adolescente

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Una mujer entra a la habitación de su hija de ocho años y le llama la atención por tener su ropa tirada en el suelo; la niña, avergonzada, agacha la cabeza. El ejercicio del poder se da cuando un individuo X (en este caso, la mamá) afecta de cierta manera el comportamiento de un sujeto Y (la hija) y este último se ve obligado a ceder ante los deseos del primero (agacha la cabeza).
Si esta misma escena se diese entre una madre y su hija adolescente, sería más probable que la joven se rebelase ante la autoridad materna. Tal vez le respondería: “Si tanto te afecta la ropa, ¿por qué no la levantas tú?”. En esta situación, el acto de resistencia de la hija modificaría el ejercicio del poder por parte de la madre. Así pues, la rebeldía se presenta como una reacción contraria a los mecanismos del poder.
La rebelión se consolidaría si cotidianamente se repitieran variantes de la escena anterior:
Madre: Nunca me escuchas cuando te hablo y me ignoras todo el tiempo. ¡Ya no te importo!
Hija: ¿De qué me hablas? Yo siempre te escucho.
Madre: Pues no sé cómo le haces para poder escucharme sin dejar de lado tu maldito celular, del que nunca te despegas.
Hija: Contigo no se puede, nunca te doy gusto.
Sobre este particular, el filósofo francés Michel Foucault argumentaba que es precisamente la resistencia el acto liberador que acota los límites del poder. En la sociedad actual, decía Foucault, las instituciones regulan el comportamiento de los individuos mediante la disciplina. Esta regulación se da mediante normas que rigen las acciones y el desplazamiento de cuerpo y mente: hablar cuando se te diga, vestirte de cierta manera para “encajar” en determinados ambientes, caminar de cierto modo, el rechazo de otros si decides tatuar tu cuerpo, etcétera.
Todo aquel que se niegue a seguir estos dictados -a menudo establecidos de manera sutil e indirecta por la colectividad- corre el riesgo de “ser puesto” en su lugar por los otros. El acto de rebeldía, que representa un desafío emancipador ante estos dictados, regresa al sujeto la posibilidad de comportarse en términos de su propia volición y deseo. Dada la desigualdad de poder, los sujetos se ven a menudo orillados a recurrir a imaginativas maneras para evadir los controles sociales, a fin de que su rebeldía no sea identificada como tal.
Reduciendo la asimetría de poder entre los actores sociales -se me ocurre pensar- menguaría la necesidad emancipatoria y, por tanto, los actos de rebeldía. Si replanteamos la escena de la adolescente reprendida en términos de esta nueva premisa, el diálogo posiblemente se escucharía así:
Madre: Desde ayer van ya varias veces que no me has contestado cuando llego a tu recámara para decirte algo. Esto me hace sentir que poco te importo.
Hija: Mamá, créeme que te valoro muchísimo. Lo que pasa es que estaba poniéndome de acuerdo con Martha para una tarea que tenemos que entregar mañana.
Madre: Como te vi con el celular en la mano, pensé que estabas con tu WhatsApp o algo así.
Hija: Habiendo aclarado la situación, ahora sí, ¿qué es lo que querías decirme?